Crítica de Cine cine

Caballero sin espada en la era Trump

Denzel Washington, en el filme. Denzel Washington, en el filme.

Denzel Washington, en el filme. / d. s.

Con Nightcrawler el guionista y director Dan Gilroy debutó hace cuatro años como algo más que una gran promesa: su sórdida crónica de un tipo sin entrañas que se gana la vida en un mundo sin alma grabando crímenes y accidentes para alimentar la telebasura demostraba un gran talento cinematográfico. Es sabido que cuando se debuta con una gran y aplaudida obra la segunda supone un reto peligroso. Gilroy lo ha superado por los pelos, con un ajustado aprobado, gracias a su actor. Porque es la extraordinaria interpretación de Denzel Washington, que roza peligrosamente la sobreactuación, la que da consistencia a esta película interesante pero con fisuras.

El interés de Roman J. Israel, Esq. reside en su tensión ética, que la vincula con la rotunda denuncia que supuso su primera obra. Si en aquella la denuncia se hacía a través de un personaje insensible hasta rozar la monstruosidad, aquí se hace a través de un personaje que encarna los valores de los que aquel carecía. El canalla de Nightcrawler navegaba a favor de la corriente y el honesto abogado que interpreta Denzel Washington lo hace a contracorriente. Gilroy salta al otro campo de un mismo terreno de juego porque ambos viven en la misma sociedad enferma y el director juega siempre con los conflictos éticos.

Tras la muerte del socio con el que -o más bien para el que- trabajaba, cuyo despacho era el paraguas o el refugio que le permitía desarrollar su profesión de acuerdo con sus altruistas ideales, el abogado Roman J. Israel ha de enfrentarse a una realidad en la que su idea del derecho parece absurdamente idealista; sus grandes conocimientos, teoría que dificulta la práctica; su carácter directo, incompatible con la sutileza de quienes, más que interpretar, retuercen las leyes; y su lucha por los derechos civiles y la defensa de los desfavorecidos que no pueden pagar grandes minutas una antigualla propia de los Estados Unidos de los 50 y los 60, no de los de Trump. Incluso su activismo choca con el de los jóvenes que lo ven como una especie de Sidney Poitier (cuestión curiosa, pues Washington siempre me lo ha recordado).

Las fisuras de esta buena historia, causas de su dispersión y caídas de ritmo, se deben a la inconsistencia de sus subtramas, especialmente la policíaca que arrastra la película a los terrenos del thriller cuando el íntegro personaje muerde la manzana prohibida, y la sentimental con la relación entre el abogado y la activista que al encontrarse con este superviviente de los 60 o los 70 -incluso en su forma de peinarse, de vestir y sus gustos musicales- parece tan feliz como un paleontólogo hallando un dinosaurio vivo. A lo que cabría añadir un exceso de extravagancia en el diseño y la presentación del protagonista como reliquia viviente de una América que luchaba por ser mejor en vez de revolcarse en lo peor. Un cierto aire peligrosamente extravagante y retro, como entre Willy Wonka y la Loca de Chaillot, ronda al personaje. Pero esta fisura la tapa Denzel Washington con una interpretación que vale el precio de la entrada. Colin Farrell está muy bien dándole la réplica. A Carmen Ejogo le pasa factura lo poco logrado o forzado de su personaje. Aligerada de sus subtramas hubiera podido ser una variación afro y judicial de Caballero sin espada de Capra.

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