Soufflette | Crítica de Danza Un exquisito mundo de sugerencias

Una imagen del jardín final creado por el coreógrafo. Una imagen del jardín final creado por el coreógrafo.

Una imagen del jardín final creado por el coreógrafo. / Helge Hansen

Soufflette es un espectáculo realizado por el coreógrafo francés François Chaignaud para la compañía de danza contemporánea Carte Blanche, con sede en la ciudad noruega de Bergen.

La pieza, un exquisito y estético trabajo visual y sonoro, nos sumerge en un mundo completamente original y diferente al nuestro. Un universo en el que lo que es, sesenta minutos de gestos y movimientos escandidos por algunos cantos polifónicos que interpretan los propios bailarines, supone solo una ínfima parte de lo que sugiere.

Chaignaud, un artesano de las formas, ha logrado condensar en ellas cientos de referencias que, materializadas en la escena de forma lenta y ritual, desata la imaginación del espectador y lo conduce en un viaje por el tiempo cuyas etapas varían según su bagaje personal.

En una atmósfera irreal, llena de claroscuros, los bailarines, vestidos con prendas de lana hechas de ganchillo, salen de unos baúles como crisálidas y nos trasladan con sus evoluciones a la Edad Media, o incluso al principio de los tiempos. Su energía es siempre grupal y la música la ponen sus pies golpeando el suelo como en una danza tribal, siguiendo en ocasiones algunos ejercicios de los zapateados flamencos. No en vano el coreógrafo de Rennes realizó el pasado año un dúo con la bailaora Rocío Molina presentado en el último Festival de Danza de Itálica.

Más tarde la tribu cambia sus ropajes por unas refinadísimas mallas transparentes salpicadas de pedrería de colores que nos sitúa tal vez frente al Renacimiento, con su reinterpretación del mundo clásico. El trabajo de Romain Brau con el vestuario es realmente admirable.

El suelo, de espejo, podría ser la lámina de agua de un río y los bailarines, las ninfas y seres mitológicos –andróginos algunos de ellos- que pueblan los bosques aledaños. Ovidio pasado por Garcilaso y, sobre todo, por la exquisitez de Botticelli.

Y es Botticelli, con un punto carnavalesco –de Río, nunca de Cádiz- el que inunda la escena final en la que los 14 intérpretes, colocándose unos originales apéndices florales, crean un fantástico y florido edén. Un lugar lleno de hermosura en el que, en lugar de cascadas, oímos sus voces cantando, a capela y en versión coral, el célebre blues de Roberta Flack Killing Me Softly with his Song. Un paraíso que los espectadores, seguro, hubieran estado dispuestos a compartir.

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