Crítica del concierto del Alcázar

Cuarteto de dos

Un cuarteto de cuerdas no es sólo la reunión de dos violines, una viola y un violonchelo. Esa simple suma no constituye lo que en realidad debe ser un cuarteto, porque en realidad esta formación es mucho más. No basta con juntarse y tocar. No, es mucho más. Justo lo que no fue el Cuarteto D’Acorda, formado por cuatro integrantes de la Sinfónica sevillana reunidos para la ocasión del concierto del Alcázar. En un grupo como éste, antes de presentarse al público, hay que unificar cuestiones fundamentales como la articulación, el vibrato, la acentuación, el fraseo. Y nada eso se evidenció en este fallido concierto. Si en un cuarteto el violín primero es incapaz de mantener una nota larga afinada; si su sonido es chirriante e inestable, carece de brillo y su fraseo es plano y frío; y si su violonchelo carece de relieve, si su sonido apenas si tiene presencia (durante un largo pasaje de Presto de Schubert dejó de sonar y apenas si se notó) y si cuando la tiene es para sonar de forma destemplada, poco podían hacer Emilova y Leifer a pesar de ser los únicos con un sonido centrado y aceptable.El cuarteto La muerte y la doncella resultó irreconocible, tan plano y frío era su fraseo, en el que no había manera de apreciar el drama y el pathos de Allegro inicial, deletreado sin apenas ninguna variedad en las dinámicas. En las variaciones del Andante con moto parecieron competir en desafinaciones Managadze y Thompson. Y en el arranque del Presto cada uno de los cuatro tiró por su lado.Tampoco se libró Borodin de ser desfigurado, desde un deshilvanado inicio del Allegro moderato en el que violín primero y chelo competían en desafinaciones y con el famoso Nocturno masacrado por el chelo desde el inicio y muy subido de vibrato.

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