Codispoti & Ocaña | Crítica

Un maestro de la síntesis

Domenico Codispoti y Esteban Ocaña en el Alcázar.

Domenico Codispoti y Esteban Ocaña en el Alcázar. / Actidea

La profundización que el ciclo del Alcázar está haciendo en la obra del centenario Piazzolla está sirviendo para mostrar cómo detrás de un sonido muy personal, marcado sobre todo por unas armonías y una impronta rítmica fácilmente reconocibles, se muestra un compositor que fue capaz de tomar elementos de los mundos que habitó (el tango, el jazz, el folclore, el barroco, las vanguardias) en un proceso de síntesis ciertamente original que tiene la particularidad de no esconderse. Es decir, que resultando globalmente un músico capaz de crear un universo propio, el sincrético Piazzolla puede descomponerse en los átomos que lo forman.

Así en el concierto ofrecido ayer por estos dos pianistas, italiano uno, linarense el otro, que se conocieron en Estados Unidos como discípulos de Joaquín Achúcarro, y llevan veinte años trabajando juntos: el músico de la Tangata o de la Suite porteña de ballet es el de los ritmos de Bartók y Stravinski (que tan bien funcionan en un instrumento percutivo como el piano, por cierto, y si son dos, aún mejor); el de Soledad, la Milonga del ángel, Adiós, Nonino y Oblivion, el compositor romántico y melancólico, que se deja llevar por la remembranza folclórica embutida en una sugerente corriente melódica; en fin, el del Verano porteño, el más Piazzolla de todos los Piazzollas imaginables, en el que se integran procedimientos barrocos con el aire del jazz, las disonancias de sabor avantgarde y, una vez más, ese ritmo en el que late la nostalgia del Buenos Aires añorado.

Fue justo ese el punto fuerte del recital que ofrecieron Domenico Codispoti y Esteban Ocaña, los momentos en que el ritmo se hace incontenible y domina por encima de cualquier otra circunstancia, creando un vínculo muy especial con el oyente. Más allá de la justa compenetración, imprescindible, pero que se da un poco por sabida, fueron esas progresiones ascendentes de acordes envueltas en ostinatos y en crescendos magníficamente secuenciados los que enfervorizaron la noche. En el punto opuesto, los pasajes más íntimos resultaron un tanto monocromos y demasiado amarrados al compás, como si los intérpretes hubieran decidido poner también el ojo analítico donde hay una libertad de paisajes anímicos y de memoria.

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