Dúo Orpheo | Crítica Cantar es manipular las emociones

El Dúo Orpheo en el Alcázar El Dúo Orpheo en el Alcázar

El Dúo Orpheo en el Alcázar / Actidea

En el Prólogo del Orfeo de Monteverdi el personaje alegórico de la Música se presenta desplegando todos sus poderes ante el público: "Yo, la Música, soy quien con dulces acentos sabe apaciguar los corazones alterados y puede inflamar, de cólera o de amor, los espíritus más fríos". Una auténtica declaración de principios sobre el cambio esencial que estaba operándose a principios del siglo XVII en la música occidental con la llegada impetuosa de los aires barrocos. El Barroco es sobre todo el arte de la representación. La realidad objetiva del mundo no le interesa, sino la forma en que esa realidad es percibida, y en ese nuevo escenario a la música se le otorgaba un papel muy específico: tenía que servir para potenciar el sentido de los textos. Los italianos decían "mover gli affetti". Es decir, conmover. Pero incluso podíamos ir un paso más allá: manipular. La música barroca, entendida además como un lenguaje con reglas retóricas muy claras, pretende sobre todo eso: manipular las emociones del oyente, y para ello despliega toda su amplia variedad de recursos.

Pensaba en todo esto mientras escuchaba a la cantante aragonesa Eugenia Boix (Monzón, 1982) interpretar en el Alcázar una auténtica colección de perlas (bien conocidas la mayoría) del siglo XVII. En el homenaje que el nocturno ciclo palaciego rinde a los centenarios del nacimiento de José Marín y Barbara Strozzi, a la soprano montisonense le tocaron algunas de las obras más conocidas de ambos músicos, a las que añadió auténticos hits actuales de otros compositores (Monteverdi, Lully).

Boix es soprano de voz lírica con un vibrato natural que no se esfuerza en ocultar, como tantas cantantes que se dedican al Barroco, sino que aprovecha, no usándolo de forma estructural, sino poniéndolo al servicio de la expresión. En algunos momentos eso supone sacrificar la absoluta inteligibilidad de la pronunciación (que en todo caso resulta más que suficiente), lo que queda compensado por el relieve y los matices de color con los que consigue dar sentido a cada palabra. Eso se apoya además en su forma de representar la música. Eugenia Boix canta con todo el cuerpo, muy especialmente con su rostro, y por eso logra que cada vez que en Si quieres dar Marica en lo cierto se dice aquello de "Quiéreme más y dímelo menos" suene diferente. Hay matices en el sentido de ese estribillo que están en el contexto poético y la cantante nos los hace sentir por su forma de variar la expresión vocal y gestual.

En esta forma de entender el canto, la retórica juega un papel fundamental. Esa manera de alargar sensualmente la m en el "gemir" de Tortolilla si no es por amor, el cambio sutil de acentos en Ojos pues me desdeñáis, que da sentido nuevo a algunas frases, el larguísimo filado sobre el último "dolor" de Sé que me muero de amor de Lully, la diferente forma de adornar el, siempre doliente, Lagrime mie de Strozzi cada vez que vuelven las palabras del título, y dependiendo de que se venga de un contexto lírico o declamado, la ornamentación de ese "l'alma invaghi" de Si dolce è il tormento de Monteverdi o, en fin, el dulcísimo tono, ahora sí, con la voz prácticamente plana, con que afrontó el Yo soy la locura, en buena correspondencia con su texto ("Yo soy La Locura la que sola infundo placer y dulzura y contento al mundo"), son sólo algunos ejemplos de los recursos puestos en juego por la cantante para mover los afectos del público.

Jacinto Sánchez forma dúo regular con Eugenia Boix desde hace tiempo y eso se salda con una buena compenetración, por más que el intérprete parezca sentirse más cómodo con la guitarra barroca que con la tiorba, cuyo registro grave fue menos explotado de lo que la dramática música de Strozzi pide a gritos.

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