Cultura

Estímulos fecundos de la memoria

  • Las fotografías de Bleda y Rosa despiertan esa fantasía que afila la mirada y la hace ver aquello que casi siempre pasa por alto

El primer templo de la Cartuja fue la reservada Capilla de la Magdalena, un breve recinto de bóvedas góticas situado junto al refectorio. El alicatado que quizá rodease al altar dialoga estos días con el de una sala del palacio granadino de Comares. Una fotografía de la azulejería nazarí de esos baños árabes prolonga, quebrándolo, el paramento de la capilla.

Algo similar ocurre en la sacristía: las altas bóvedas y los concisos muros alojan una sugerente fotografía de la Casa de Anfitrite (Bulla Regia, Túnez): el mosaico de la amante de Poseidón, que protegía a los navegantes desde Fenicia a las Columnas de Hércules, ahueca los muros de la antigua sacristía poniendo en contacto dos ámbitos de la misma cultura y dos arquitecturas, la real del monasterio y la que recoge la fotografía.

Estos diálogos son el núcleo fértil de la cuidada exposición que ha repartido por las estancias de la Cartuja una serie, aún no acabada, Arquitecturas, de los fotógrafos Bleda y Rosa. Las fotos ofrecen, desde puntos de vista que poseen el atractivo del fragmento y la capacidad de abrir espacios (justo al contrario que los habituales iconos de la industria turística), imágenes del Palacio de Cnosos, el oppidum de Glauberg (Hesse, Alemania), las ruinas cartaginesas de Kerkouane, el dormitorio real del monasterio de Vardzia y lugares de la Alhambra y Medina Azahara. En una sala aparte pueden verse otros trabajos, destacando sobre todo los dedicados a la memoria de los barrios judíos de Berlín que padecieron la persecución nazi.

María Bleda (Castellón, 1969) y José María Rosa (Albacete, 1970) se formaron en la Escuela de Artes Aplicadas y Diseño de Valencia y poseen ya una larga e interesante trayectoria. Con poco más de 20 años hicieron su primera serie, centrada en esos campos de fútbol habilitados en descampados, en las afueras de los pueblos. Las escuetas porterías, algo mohosas, sedimentan los furores futbolísticos de unos chicos que poco sabían entonces de polideportivos y pabellones cubiertos.

A esta memoria popular, nostálgica e irónica, sucedió otra más dramática, la serie dedicada a lugares donde se libraron grandes batallas. Valles de Las Navas de Tolosa, llanos de Villalar o Villaviciosa, peñascales de Alarcos, altos de Ibañeta o Valcarlos, en Roncesvalles, mantienen bajo su plácida apariencia el recuerdo de la desmesura de la violencia. Más tarde, Bleda y Rosa recorrieron y fotografiaron parajes de ciudades desaparecidas y después, excavaciones donde se habían hallado restos de homínidos.

La serie Arquitecturas insiste sobre todo en el valor de los espacios: esquinas, intercolumnios y corredores hablan más al cuerpo que a la mirada y evocan el tiempo y los pasos perdidos. Evocan las memorias de esos lugares liberándolos de las convenciones del libro de arte y la guía turística y sugiriendo que alguien estuvo allí. Por eso establecen un fértil paralelo con los espacios de la Cartuja. Son fotos que despiertan la fantasía que, como puntualizó Addison hace casi tres siglos, afila la mirada y la hace ver aquéllo que casi siempre pasa por alto.

Por todo ello la muestra lleva insensiblemente a su contrario: a la persistente obsesión municipal por sembrar de esculturas la ciudad. La obra de Bleda y Rosa en la Cartuja despierta dos memorias (la del lugar fotografiado y la del monasterio) y las conecta entre sí. Las esculturas que nos anegan periódicamente o las fijadas en plazas y calles tienen el efecto contrario: convierten los espacios urbanos en escenarios, limitando su capacidad de acogida, y reducen las esculturas a mero artificio. Así, el patetismo del grupo de Ciudadanos de Calais se dispersó en el andén del Ayuntamiento convirtiéndose en estatuas de mérito. Sevilla, a diferencia de otras ciudades, ha sido prudente en materia de monumentos. No hizo ninguno al general Franco y guardó el dedicado al rey felón. Esa prudencia se está perdiendo: piezas sin interés artístico irrumpen en el paseo de Colón, rompen la estructura de salón de la plaza de San Pedro, alteran la plaza de Carmen Benítez o estorban en el cruce de las calles Tetuán y O'Donnell. A ello se añaden las mareas escultóricas: las más sin valor, otras con tamaños ajenos a la intención de su autor, todas fuera de contexto. El único consuelo es que duran sólo un tiempo. Lo peor es que las sucederán otras.

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