Ramírez & González | Crítica Pájaros, palmas y silencios

José Manuel Ramírez e Irene González en el refectorio de Santa Clara.

José Manuel Ramírez e Irene González en el refectorio de Santa Clara. / Francisco Roldán

En un atípico Domingo de Ramos (luego, de palmas) ha programado el Femás este concierto en que tocaban juntos los últimos ganadores de la Beca que concede el Festival junto a la Asociación de Amigos de la Orquesta Barroca de Sevilla. Irene González Roldán es ya bien conocida del público sevillano (pues había ganado la beca con anterioridad y ha participado en otros festivales y en conciertos con la OBS), pero si no me equivoco José Manuel Ramírez se presentaba por primera vez como solista en un evento de este nivel.

Salió de él indemne con un final vivaldiano enérgico y muy articulado, en el que se benefició del estupendo continuo que le brindó su compañera. En la Sonata de Domenico Gabrielli de apertura el bajo se retrajo en cambio demasiado, dejándole todo el protagonismo a un violonchelo al que aún le faltaba un punto de asiento. El sonido de Ramírez es atractivo por oscuro, por profundo, por su sobria gravedad, aunque quizás demasiado seco. Al joven músico le falta relajar un poco más el arco, que la música no sólo esté bien articulada, con acentos bien marcados y correctamente afinada, sino que encuentre espacios para cantar, para mayores dosis de lirismo, lo que pudo intuirse en el movimiento final de la Sonata de Vivaldi o en la Ricercata de Degli Antoni, en la que los dos instrumentos encontraron el punto idóneo de imbricación.

En su parte solista, que ocupó el centro del recital, Irene González deslumbró una vez más por su exquisita musicalidad, su forma de manejar el tempo con una personalidad indiscutible, pero sin abandonarse jamás al capricho. Tocaba un repertorio puramente italiano, y lo hacía con un instrumento italiano, una copia de G. B. Giusti, un constructor de finales del siglo XVII, que se ajustaba bien al repertorio, aunque a Scarlatti quizá le habría venido bien un instrumento de más extenso registro y más posibilidades de matización tímbrica.

En cualquier caso, nunca he escuchado la música de Geminiani mejor tocada (se hace y se graba poco, es verdad). Con una elegancia suprema, González mezcló un legato absolutamente mágico con un trabajo de pequeños detalles en las agógicas (ritardandi y silencios siempre ajustados y expresivos, nunca amanerados) para crear sensación de algo espontáneo, improvisado. En verdad, maravilloso. Estupendas también sus Sonatas de Scarlatti, admirablemente construidas desde el ritmo, el color y el ornamento. La estructura de su sección estaba además muy bien planteada, con esa Sonata lenta (K 69) en modo menor en el centro, a la que quiso dejar respirar con un silencio extendido antes de afrontar la última (efecto que unos aplausos extemporáneos arruinaron, lástima). Su tratamiento expresivo del silencio fue parte diría estructural de su visión de esta música, tanto como el de las notas repetidas, tan habituales en Scarlatti: muchos intérpretes buscan efectos para ofrecer las repeticiones siempre variadas. Irene, no, no lo necesita. Scarlatti ya lo había pensado: la tercera vez que un grupo de notas aparece, aunque sea de igual forma, se aprecia de forma diferente. Así, sin artificios, con la hondura y el sentido de las proporciones de un músico ya maduro pasó esta vez la joven clavecinista sevillana por el Femás, que hasta los pájaros del patio se animaron a acompañarla.

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