Arte

Jules de Balincourt: no es oro todo lo que reluce

  • La sensacional exposición de Jules de Balincourt que acoge el CAC de Málaga, 'After The Gold Rush', apura ya sus últimos días hasta su cierre este domingo 30 de mayo

Obra de Jules de Balincourt.

Obra de Jules de Balincourt. / D. S.

En los años 80, Jules de Balincourt (París, 1972) arriba a Estados Unidos con su familia desde Francia. Se sumerge entonces en un país marcado por una posmodernidad desgastada en la que se perfilaba un nuevo style of life. Las generaciones más jóvenes, influidas por un capitalismo mediático hasta entonces desconocido, comenzaban a ensalzar hitos culturales alternativos (la música o el cine indie), la tecnología MAC e IBM y las caminatas por el bosque como escapatoria del ruido y suciedad de la ciudad. Balincourt creció en este escenario y lo trasladó a sus pinturas con cierta intención documental. Así, After the Gold Rush es una exposición plenamente autobiográfica, compuesta por 40 obras de diversos formatos que recorren sus últimos diez años de producción, y configuran un retrato subjetivo y objetivo (a la par) de la última juventud estadounidense.

Abren la exposición tres nocturnos azulados y violáceos en los que se despliegan edificaciones geométricas de hormigón, urbanismos ortogonales y cien millones de luces tintineantes que podrían ser instantáneas pictóricas de Los Ángeles o San Francisco. Estos espacios son habitados por jóvenes de clase media que celebran encuentros distendidos en terrazas con piscina, música y cócteles, representantes, qué duda cabe, de la llamada cultura hipster. Balincourt cumple con aquello que Bourriaud anunciaría sobre el objetivo último del artista: representar las mutaciones de su tiempo y espacio, capturar lo visible a través de las influencias que lo constituyen, y dar testimonio de la irrealidad contenida en lo real. Ésta es, precisamente, la cualidad que sorprende del pintor, su capacidad de plantear la distopía silenciosa que subyace en el estilo de vida más moderno, idílico y pacífico.

'Drier Up', una obra en la que artista la lanza un guiño triste a las célebres piscinas de David Hockney. 'Drier Up', una obra en la que artista la lanza un guiño triste a las célebres piscinas de David Hockney.

'Drier Up', una obra en la que artista la lanza un guiño triste a las célebres piscinas de David Hockney. / D. S.

No debemos olvidar que, pese al esparcimiento de los personajes, el colorido fluorescente que el pintor aplica y una técnica pictórica relajada, su relato sigue siendo una historia de decepción. El título de la exposición hace referencia, precisamente, a la fiebre del oro que provocó oleadas de inmigración masiva a California a mediados del siglo XIX. Este episodio histórico le sirve a Balincourt para establecer un paralelismo con su propia vivencia, ya que el viaje a Estados Unidos se perfilaba como una promesa de mejora y modernidad.

Una de las vistas que abren la exposición. Una de las vistas que abren la exposición.

Una de las vistas que abren la exposición. / D. S.

Sin embargo, como ocurrió con aquellos antiguos inmigrantes, él y su familia experimentarían cierta insatisfacción. Frente a la distensión de los primeros nocturnos, una de las piezas más pesimistas, Drier Up (2016). La piscina sin agua en la que se acumulan montones de basura nos traslada ante cierta decadencia vecinal y nos hace pensar en la etapa de bonanza que la precedió. Las piscinas que en los años 60 pintaría David Hockney, por ejemplo, inspiradas también en el cálido paisaje californiano, son un reflejo del bienestar social, imágenes alegres de una intensidad cromática irreal. En lo que parece un triste guiño, Balincourt convierte aquellas piscinas de agua prístina en un contenedor de desperdicios, hablándonos de la realidad que vivió su generación: la precarización y pérdida de poder adquisitivo de las últimas generaciones, es decir, los hijos que vivirían peor que sus padres.

Otra pieza del artista francés afincado en Estados Unidos. Otra pieza del artista francés afincado en Estados Unidos.

Otra pieza del artista francés afincado en Estados Unidos. / D. S.

Pero en un marco capitalista, con economías de mercado sustentadas por ideologías neoliberales, no hay cabida para la escasez o la fragilidad. La construcción identitaria individual queda definida por la obtención del éxito. Por ello, muchas de las pinturas de Balincourt recalcan el uso de la tecnología como estrategia para conseguir el prestigio que nuestra sociedad otorga a lo moderno (Hackers, 2013) o reproducen celebraciones colectivas en las que la socialización, las redes de amistad resultan capitales. Así, los retratos grupales en ámbitos urbanos o naturales son constantes en la exposición. Algunos de ellos aparecen revestidos de cierta falsedad, como Passive Protest Painting (2015), una manifestación poco concurrida y carente de tensión, muy alejada de concentraciones históricas como la Marcha sobre Washington (1963) o Mayo del 68. La protesta que recrea Balincourt parece más un producto publicitario que un acto reivindicativo.

Ésta es la distopía silenciosa que subyace en sus pinturas: una colectividad individualizada, atrapada en la virtualidad y sin capacidad de vivir intensamente en el mundo físico. De este modo, los grupos de terapia, de reconexión humana (We come here to forget, 2014) o el regreso a la naturaleza (Cave Country, 2017) se convierten en la única vía de salvación. Thoreau, referencia literaria que esta generación ha manoseado groseramente y desgastado, parece indicarles el camino: "Me fui a los bosques (...) Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida... para no darme cuenta, en el momento de morir, de que no había vivido".

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