Julio Moguer | Crítica Satie, padre de la modernidad

El pianista sevillano Julio Moguer. El pianista sevillano Julio Moguer.

El pianista sevillano Julio Moguer. / D. S.

Joséphin Péladan se separó en 1891 de la Orden Cabalística de la Rosa-Cruz para fundar la Orden Rosacruz Católica y Estética del Templo y del Grial, a la que invitó a Erik Satie como compositor oficial. Para 1892 estaba previsto el primer salón de la nueva secta, en el que Péladan habría de estrenar El hijo de las estrellas, un drama alucinado, lisérgico, que se desarrolla entre Babilonia y Caldea en el cuarto milenio antes de nuestra era y narra los amores imposibles entre un pastor y una princesa. La obra estaba trufada de referencias wagnerianas, eróticas, herméticas y cabalísticas. Satie había de encargarse de ponerle trasfondo musical.

Aunque el día del estreno sólo sonaron los tres preludios de cada acto, relativamente populares hoy, Satie escribió una partitura de una hora de duración aproximada, que es la que ofreció íntegra Julio Moguer en este concierto del ciclo de Zahir Ensemble.

El primer preludio arranca con una serie de acordes de seis notas que desafían a la tonalidad clásica. Satie está anticipando los procedimientos más atrevidos del Debussy de Pelléas y los Preludios y anunciando la modernidad del siglo XX con una música estática, hierática, antirromántica y antidramática, que elude los desarrollos y apuesta por las repeticiones de una serie de motivos articulados en frases breves.

En su extraordinario trabajo, Julio Moguer supo destacar tanto la riqueza del color como las tensiones de unas armonías que siguen sonando atrevidas al oído. Su interpretación fluyó con absoluta naturalidad, sin artificios, apoyada no menos que en la articulación de los sonidos en la forma en que estos nacen del silencio y en él se extinguen.

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