Là | Crítica de Danza/Nuevo Circo La brillantez en blanco y negro de Baro d'Evel

Los intérpretes en una escena de 'Là'. Los intérpretes en una escena de 'Là'.

Los intérpretes en una escena de 'Là'. / François Passerini

Siempre habíamos pensado que el caos era negro. Pero si no era nada, también podía ser blanco, ¿por qué no? Así al menos nos lo presenta la compañía franco catalana Baro d’Evel, finalmente en Sevilla después de recorrer muchos caminos.

Vemos tres paredes blancas y un espacio vacío, tal vez en la cima del monte Ararat, donde dos seres humanos, un hombre y una mujer, en compañía de un cuervo, deben reinventar el mundo.

Là es una pieza creada en 2018 como primera parte de un díptico completado el pasado año con Falaise. Esta última, con ocho intérpretes, un caballo y una docena de palomas blancas, fascina allí donde va. Pero es justo empezar por el principio, por este primer y esencial trabajo en el que sus intérpretes, vestidos de negro, literalmente escupidos uno tras otro por una de las paredes, van a parar a un universo solitario en el que tendrán que aprender a convivir a base de encuentros y de encontronazos, de equilibrios y de caídas, de espasmos irrefrenables… Perplejos, pero con la alegría de no estar completamente solos.

En esa difícil tarea, florece el increíble talento de dos artistas –codirectores de la compañía desde 2006- como son Camille Decourtye y Blaï Mateu Trías. Ella, pequeña y con una voz maravillosa con la que no para de inventar texturas; él, grande y patoso; un estupendo clown y mimo y porteador y pintor… No en vano se ha criado con su padre, el genial payaso Tortell Poltrona (fundador de la ONG Payasos sin Fronteras) y se ha formado en una escuela de circo de Francia.

Y luego está Gus, un simpático cuervo, también blanco y negro, que rompe papeles o se pasea por el escenario a pequeños brincos o vuela libremente o se posa en la cabeza de los intérpretes trasladándonos a un mundo de fábula en el que todo resulta posible.

Sin embargo, no es un espectáculo circense. Es un espectáculo imaginativo y total, hecho de mil materiales: mimo, danza, teatro, acrobacia, canto, artes plásticas… y, sobre todo, de poesía. Una poesía que, ya con el cuerpo, ya con un micrófono –creador de sonidos y pincel- se hace pintura en blanco y negro (como debió gestarse la de Pollock o la de Tapies) para luego, en medio del caos bicolor, dejarnos unas emociones inusitadas. Como en la danza de Camille y el cuervo por el suelo, en la que se intuye la sabia mano de Mal Pelo, o en el vuelo circular que la pareja, una en los hombros del otro, realiza por el espacio ya manchado, dejándonos a todos prendidos en su estela.

Es una maravilla ver cómo grandes artistas del “más difícil todavía” están utilizando sus destrezas, no como un fin, sino como una manera de contar sus visiones del mundo. Esperemos ver pronto su Falaise en nuestra ciudad.

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