Crítica de cine (SEFF 2017)

Lejos de Fontainhas

Imagen de 'A Ciambra', de Jonas Carpignano. Imagen de 'A Ciambra', de Jonas Carpignano.

Imagen de 'A Ciambra', de Jonas Carpignano.

A Ciambra es la película inevitable de todos los años en el circuito de festivales, una puerta de entrada falsa para la visibilidad de las comunidades marginales y la frescura de actores no-profesionales que probablemente no sacarán más que el recuerdo. Un severo contraste con la dignidad, por ejemplo de un Pedro Costa, con la que el cine puede enmendar sus desmemorias.

La inesquivable tasa exploit en este caso no deja de tener su gracia desde el arranque. Se sabe que a los cineastas, desde siempre, les sorprendió el mundo al revés de los márgenes, sea la suspensión de la moral burguesa, sean las mutaciones que provocan los imperialismos cuando arrasan con las tradiciones locales: así de Henri Storck (Misère au Borinage), a Vincent Monnikendam (Moeder Dao, de schildpadgelijkende), se filma, se recupera, al niño que fuma como imagen insostenible. Jonas Carpignano, presa del mismo shock y la misma urgencia, abusa hasta lo paródico, como si de un spot degenerado se tratara, y son contados los planos en los que el pequeño Pio no luce cigarro en la comisura.

Al margen de estas cuitas de la vieja ética de la representación que a pocos importará, A Ciambra se precipita en otro, no menos legendario, cul-de-sac, el de la pelea entre realismos y escritura: todo lo que aquí vibra, el buen aprovechamiento de la familia protagonista, con el adolescente Pio a la cabeza, el bello brillo de acentos y dialectos o el registro naturalista de los espacios del extrarradio, debe quedar domesticado por el deletreo de una historia de iniciación y traición que conocemos al dedillo después de tanta película y serie mafiosa. Sí, el audiovisual puede tamizarlo todo, normalizar cualquier vagabundaje, limar cualquier arista, y, sobre todo, olvidar que algún día estuvo allí.

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