Marlène Monteiro Freitas | Crítica de danza Monteiro Freitas, de la imaginación al exceso

Una escena del original montaje de Marlène Monteiro Freitas. Una escena del original montaje de Marlène Monteiro Freitas.

Una escena del original montaje de Marlène Monteiro Freitas. / Laurent Philippe

Lo más difícil en el arte es encontrar un lenguaje personal. Y eso es algo que ha conseguido en poco tiempo Marlène Monteiro Freitas, que ha entrado ya, y por la puerta grande, en los más importantes festivales internacionales.

La vimos en este mismo teatro con su solo, Guintche, en el que dejó claro cómo un rostro puede ser infinitamente expresivo. Ahora, esta caboverdiana formada en la fecundísima escuela de coreografía de Bruselas, la P.A.R.T.S, afronta por primera vez un espectáculo de gran formato. Ocho bailarines-actores (ella incluida) y cinco trompetistas multifacéticos van a habitar un espacio rectangular sobre el que una docena de focos con luces estroboscópicas nos permiten observar hasta el más leve de sus pestañeos.

Nos había convocado con el título de Las Bacantes, pasando según algunos por las dicotomías de Nietzsche y los estudios de Frontisi-Decroux. Pero al poco tiempo de comenzar, Monteiro Freitas se aleja de Eurípides, de Nietzsche, de Dionisos y de todos los dioses cuyo nombre suelen invocar en vano muy a menudo los jóvenes creadores. De la obra del siglo V a.C. queda sólo el uso de las máscaras, que aquí son los rostros maquillados de los intérpretes, y la locura, el exceso, la capacidad que tenían los dioses de la mitología griega de transformarse en lo que les diera la gana.

Porque Las Bacantes, como Guintche, es un himno a la transformación, a la imaginación, a la desmesura, al caos actual, si bien absolutamente milimetrado. El espacio sonoro, que mezcla la música en directo con algunas grabaciones, es el hilo conductor: desde las trompetas iniciales a la locura colectiva final que desata el Bolero de Ravel, pasando por algunos guiños a Satie, sirenas que marca los cambios de rumbo, música militar desmilitarizada…

Los cuerpos, increíblemente disciplinados y llenos de energía de los bailarines, que utilizan de manera fantástica una utilería en la que destacan unos atriles –ya máquinas de escribir, ya remos, ya fusiles que disparan a diestro y siniestro…- e incluso el documental sobre un parto del japonés Kazuo Hara, van dibujando un mundo ilógico, histriónico, surrealista (o tal vez realista?).

Junto a ese latido folklórico africano que subyace en su danza, la gran aportación de Monteiro Freitas a la coreografía es sin duda la inclusión del rostro, de la mueca, de unos ojos alucinados que nos acercan en ocasiones al cine mudo de Fritz Lang y al expresionismo. Su debilidad, a nuestro entender, es que a la falta de un hilo narrativo y de una dramaturgia sólida se une, como en toda ópera prima, una tendencia a la acumulación de materiales y de escenas que provoca, en ciertos momentos, el cansancio del espectador.

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