Crítica de Cine

Oprah en Cursilandia

Oprah Winfrey, en la película. Oprah Winfrey, en la película.

Oprah Winfrey, en la película.

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Si Hollywood puede ser a veces una verdadera máquina de destrucción masiva de talento, Disney amplifica aún más esa dinámica de conversión de un autor prometedor en una pieza más (o menos) del engranaje de la fabricación de productos de usar y tirar. Es el caso de Ava DuVernay, cineasta afroamericana comprometida con la causa racial que con Selma y el documental 13th se situaba en la primera línea de promesas del cine estadounidense, y que encontramos ahora al frente de una fantasía infantil Disney que pareciera diseñada con un manual de corrección política multicultural y rodada entre un plató de telefilme y el interior de un ordenador con CGI de segunda mano.

La búsqueda del padre ausente en una nueva dimensión espacio-temporal activa la trama viajera por etapas de una adolescente negra, su hermano adoptado y un novio blanquito por los paisajes de almanaque de un universo paralelo en el que las hadas Oprah Winfrey, Mindy Kaling y Reese Whiterspoon o el payaso Zach Galifianakis hacen de guías y consejeros espirituales para llegar a la meta. Por el camino, un horroroso despliegue de escenologías digitales cantosas, una estética fosforescente más allá de lo cursi, una musiquilla constante y esa inocencia que deletrea los asuntos profundos (sic) con altavoz y subtítulos hacen de esta aventura un verdadero sufrimiento para el espectador adulto y un no menos tedioso instrumento para la pedagogía infantil de la diferencia, la tolerancia o el valor educativo de la fantasía.

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