Crítica de Cine

Permiso de reinicio

Lemercier regresa a la vigilancia paterna en esta comedia. Lemercier regresa a la vigilancia paterna en esta comedia.

Lemercier regresa a la vigilancia paterna en esta comedia.

Toda una estrella en su país desde Los visitantes (1993), Valérie Lemercier viene acompañando su edad y su físico en papeles de comedia, a veces dirigidos por ella misma (Palacio Real, Voy a ser mamá), en los que la crisis sentimental y generacional suele ser el foco central para la autoconmiseración amable o el pie facilón para las situaciones embarazosas. Lejos queda ya aquella deliciosa Viernes noche de Claire Denis en la que la vimos vivir un romance furtivo y fugaz con un desconocido (Vincent Lindon) en pleno atasco. Lo de esta Los 50 son los nuevos 30 no pasa de la amable mirada a la separación y el inicio de una nueva vida de una mujer burguesa de mediana edad abandonada por su marido y obligada por las circunstancias a vivir de nuevo con sus padres.

Lemercier busca sus mejores gags precisamente en esa regresión a la casa y la vigilancia paternas, se desdobla también en su hermana gemela y se deja querer por el entrañable cocinero portugués del restaurante de al lado de su nuevo negocio de cigarrillos electrónicos, donde ahoga sus (escasas) penas dándose al tabaco. Caprichosamente amable y conciliadora, levemente caricaturesca, romántica sin empalagar demasiado y aderezada por fados y canciones de Michel Legrand, la cinta busca adhesiones entre mujeres de clase media para las que el cine ha quedado como única escapatoria y pequeña fantasía de frustraciones y anhelos de vuelo libre. O sea, lo de siempre y sin demasiadas exigencias.

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