Saison sèche | Crítica Phia Ménard y sus amazonas del siglo XXI

Las bailarinas se visten de hombre y asumen actitudes arquetípicamente masculinas. Las bailarinas se visten de hombre y asumen actitudes arquetípicamente masculinas.

Las bailarinas se visten de hombre y asumen actitudes arquetípicamente masculinas. / Jean-Luc Beaujault

Antes de que se abra el telón, Phia Mènard baja las gradas del teatro, sube al escenario y, con aire de inocencia, nos arroja a la cara un buen dardo verbal antes de dejar a sus siete niñas, con sus ositos, encerradas en un cubículo de una blancura cegadora.

Es la primera vez que esta creadora francesa, en ascenso en la escena internacional, pisa Sevilla. Y la primera vez que pone en suelo español su último trabajo, Saison sèche, de modo que, volviendo a su atalaya, al final de la grada, observa atentamente la reacción del público ante las evoluciones de esos siete animalillos hembra, que no saben –de verdad, porque es ella quien lo controla en cada función- cuándo el techo se les puede caer encima y aplastarlos.

Pero las habitantes de esa prisión de aire suprematista, mitad guardería mitad psiquiátrico, pronto perderán el miedo. Primero se desnudan y luego, sentadas en semicírculo, comienzan a pintarse la cara, el pecho y el sexo en una especie de rito tribal ancestral en el que cada individuo puede gritar y exorcizar sus miedos y su rabia amparado por el grupo que lo acoge y que gira y gira como en una ceremonia sagrada, multiplicando su energía al infinito.

Una de las siete magníficas intérpretes de 'Saison sèche'. Una de las siete magníficas intérpretes de 'Saison sèche'.

Una de las siete magníficas intérpretes de 'Saison sèche'. / Jean-Luc Beaujault

Más tarde, estas amazonas del siglo XXI se visten lentamente con ropas masculinas y, con cada prenda, van asumiendo la gestualidad, las actitudes del hombre elegido –un cura, un deportista (fantástico), un soldado…-, no por arquetípico menos real.

Y cuando el escenario se llena de testosterona, el techo sube dejando ver un espacio imponente, con unas estrechas ventanas en la parte superior. Es la estructura del poder, de los que deciden por el resto. Allí los siete travestidos comienzan una especie de desfile marcial, largo y lleno de meandros que nos lleva al mundo del cine de animación, del comic, de la pintura, aunque todo está vivo en la pieza, todo es teatral… Porque, por encima de todo, Phia Mènard ama la belleza y sus misterios, aunque en Sesion Sèche llegue a ella a través de la violencia y la destrucción.

Acompañando las acciones con una extraordinaria banda sonora, separando las escenas con inquietantes oscuros, hace que las amazonas logren finalmente que esa estructura que parecía inexpugnable se desmorone como papel mojado. Pero el objetivo no es ya destruir a los varones –hombres y mujeres deben ser muy amigos en el siglo XXI para afrontar los graves peligros que nos acechan- sino las estructuras patriarcales que las (nos) aplastan y no las dejan apropiarse de su identidad.

La imagen final es de una belleza conmovedora. Y Mènard nos deja ahí, como diciéndonos que ahora nos toca a nosotros reconstruir el mundo, a ser posible con menos errores.

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