Hueco | Crítica de Danza

Poliana Lima o la voluntad de existir

Poliana Lima en un momento de su actuación en el Mes de Danza Poliana Lima en un momento de su actuación en el Mes de Danza

Poliana Lima en un momento de su actuación en el Mes de Danza / Luis Castilla

Poliana Lima no es una bailarina al uso. Brasileña afincada en Madrid, pronto empezó a afirmarse como creadora en solitario con piezas como Palo en la rueda (2011) o Atávico, con la que ganó el primer premio del Certamen Coreográfico de Madrid en 2014. Desde entonces sus piezas, largas y cortas, han girado en torno a la oscuridad del mundo que nos rodea, especialmente de la violencia de un país que ella mantiene irremediablemente en su ADN.

Sin embargo, aunque Brasil, en estos momentos tan terribles, se puede respirar en toda la obra, Hueco nos parece un trabajo más personal, la expresión de una voluntad de de ser. Una voluntad que Lima construye con su propio cuerpo, con un trabajo físico realmente impresionante.

Formalmente, este dúo entre la bailarina y su músico -¡cuántos sonidos se pueden crear con una guitarra y un ordenador!-, presenta una introducción, un cuerpo y un sorprendente epílogo. La primera es un largo poema del poeta de Minas Gerais Carlos Drummond de Andrade, que ella nos recita antes de construir su propio poema. Al principio una lucha, tranquila pero sin concesiones, entre su voluntad y todos los automatismos impuestos. Su danza, de estructuras en continua transformación, parece no fluir, pero fluye de otro modo, para llegar quién sabe adónde. Más tarde se permite algunas repeticiones, entregarse más jubilosamente a una danza que va in crescendo junto a la música para luego volver de nuevo a la búsqueda, esta vez de equilibrios improbables. Al final, con el escenario lleno de humo, ella se planta inmóvil bajo los focos, torciéndose un poco a veces como un árbol después de siglos de viento, con una tensión muscular contenida absolutamente extraordinaria. Pura voluntad de existir, por encima de todo y de todos.

Al final, cuando creemos que no queda nada más, la voz de Elza Soares, la mayor de las supervivientes, nos lleva de nuevo a un país de samba y ángeles negros, porque como decía el poema de Durmmond, "perderte sería perderme a mí mismo".

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