ROSS | CRÍTICA Ravel más Pérez al cuadrado

Floristán, Pérez y la Sinfónica. Floristán, Pérez y la Sinfónica.

Floristán, Pérez y la Sinfónica. / Guillermo Mendo

Contra viento marea y contra todos los obstáculos que la situación sanitaria va colocando en el camino de la vida cultural, el programa de la ROSS pudo finalmente llevarse a cabo con cambio de fecha y de hora y con una respuesta de público más que razonable dada la hora (16:30) y la imposibilidad de desplazarse hasta Sevilla de muchos abonados residentes en localidades cercanas afectadas por la perimetración de su contorno.

Hubiera sido una pena que este programa en concreto se hubiera suspendido, porque era sobre el papel (y lo fue aún más in situ) uno de los más atractivos de esta anómala temporada. Y lo era no sólo por las obras en programa, sino sobre todo por la presencia en el escenario de dos personalidades muy vinculadas y muy queridas por la ROSS y por su público más fiel. Desde el primer concierto de la orquesta hace treinta años, Juan Luis Pérez ha estado siempre vinculado con el conjunto sinfónico y en más de una ocasión ha salvado situaciones complejas a lo largo de estas tres décadas. Y junto a él el pianista sevillano de mayor proyeccion internacional de la actualidad, su propio hijo Juan Pérez Floristán.

Toda una exhibicion de coraje la de Floristán al enfrentarse a los dos conciertos de Ravel. En el dedicado a la mano izquierda consiguió desplegar todo el juego de texturas esbozadas y sugeridas por Ravel a base de una enorme claridad articulatoria y de un fraseo atento a cada inflexión. Pérez comenzó de manera algo débil la introducción de la obra, sin alcanzar el grado de tensión exigido por el crescendo inicial, pero Floristán estableció en clima de congoja con su primera entrada, fuertemente dramática. La tercera sección ofreció un ritmo muy bien sostenido y dosificado por la batuta.

En el concierto en Sol mayor Floristán sacó a relucir todas sus facetas interpretativas. Se hizo a la perfección, merced a la complicidad de una brillante y chispeante dirección, con la complejidad de la rítmica cambiante y sincopada del primer tiempo. En el Adagio assai se recreó en el lirismo de su melodía, pero sin dejarse llevar por un fraseo blando ni por excesivo rubato, consiguiendo bellos juegos de colores y tonalidades sonoras. La exhibición de agilidad y precisión llevó al final del Presto a una sonora y repetida ovación que obligó a Floristán a ofrecer dos propinas.Entre ambas piezas sonó una sugerente y por momentos inquietante obra de M. Fernández en una brillante versión.

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