Nomad | Crítica de Danza Una hermosa exhibición coreográfica

Una de las sugestivas coreografías de grupo de 'Nomad'. Una de las sugestivas coreografías de grupo de 'Nomad'.

Una de las sugestivas coreografías de grupo de 'Nomad'. / Filip Van Roe

Con un público encantado de poder disfrutar de nuevo de los grandes espectáculos que trae el Central, este fin de semana hemos asistido a la presentación, con carácter de estreno en España, de Nomad, obra del creador belga de origen marroquí Sidi Larbi Cherkaoui.

En esta pieza, presentada en proceso en 2017 y estrenada en Bélgica en febrero del pasado año, el coreógrafo ha reunido algunos de los activos que caracterizan su trabajo: el manejo de un gran número de bailarines -porque puede-, un paisaje sonoro sugestivo al máximo -fruto de su pasión por la etnomusicología y el canto en vivo, hecho de ritmos árabes llenos de vitalidad, composiciones de Felix Buxton, canciones sufíes e incluso composiciones propias al piano, y un atractivo eclecticismo coreográfico.

En Nomad, además, el coreógrafo regresa una vez más a un lugar central de su imaginario: el desierto. En esta ocasión, sin embargo, no se trata de un desierto de doradas y cambiantes dunas, sino de una tierra dura y sedienta en la que parece imposible sobrevivir.

En una gran pantalla situada al fondo del escenario, vemos siempre esta tierra cuarteada, pero también, sobre ella, se pueden ver estrellas, una hermosa luna, motivos geométricos e incluso, tal vez a modo de espejismo, una lluvia purificadora y un poderoso mar.

Con ese fondo espacial y musical, Nomad se convierte en una sucesión de coreografías, enérgicas, rozando la contorsión en algunos momentos, pero a la vez amables, estetizantes incluso. Algunos solos que sirven de suaves contrapuntos, como el de una de las dos mujeres con el piano y una voz al fondo- se alternan con dúos, a veces multiplicados por tres. Pero lo mejor son las coreografías de grupo, sugestivas y siempre cambiantes formaciones que incluyen numerosos círculos e imaginativas variantes de la fila india, de esas ondeantes serpientes que tanto gustaban a Pina Baush.

Tampoco faltan escenas más teatrales y llenas de fantasía, como la de la introducción del cantante Kaspy N’dia, o la irrupción de tres animales -mitad camellos mitad vehículos mecánicos de película futurista- montados por las mujeres. Otra oportunidad para que tres bailarines, con zancos cortos en pies y manos, muestren sus grandes habilidades en las danzas urbanas, origen, no lo olvidemos, de la carrera del coreógrafo. O la escena en que los bailarines funden sus cuerpos semidesnudos en las arenas que ellos mismos -no el viento ni la tormenta- han derramado artísticamente en el escenario.

Al final, dos cuerpos ensangrentados que se enfrentan -¿lucha de gladiadores o abrazo de dos supervivientes?- ante la imagen de la mayor de las catástrofes, no solo no añaden nada sino que chocan abiertamente con el tono del resto de la pieza.

Porque Nomad, por encima de todo, es una verdadera exhibición de danza, de hallazgos y del buen hacer de su coreógrafo y de todo su equipo. Sin embargo, y en nuestra opinión, falta en casi todo el trabajo esa emoción, ese intento de ir más allá de lo formal que, creemos, puede esperarse de un artista del bagaje y el talento de Cherkaoui.

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