Solistas ROSS | Crítica La larga sombra de Beethoven

Pavaci, Wrobel, Postnikova, Kwong y Radakovich durante su concierto en el Espacio Turina Pavaci, Wrobel, Postnikova, Kwong y Radakovich durante su concierto en el Espacio Turina

Pavaci, Wrobel, Postnikova, Kwong y Radakovich durante su concierto en el Espacio Turina / Guillermo Mendo

El efecto de Beethoven sobre la música del siglo XIX no fue el de provocar ningún tipo de ruptura, sino más bien el contrario: a través de él, el Clasicismo alarga su reinado casi un siglo más. Sus herederos podían estar imbuidos de un espíritu romántico y por eso su música enfatiza la melancolía, la furia o la vehemencia pero en ellos alienta el calor familiar y reparador de las formas y los esquemas clásicos.

Pensaba en ello mientras escuchaba el extraordinario programa de esta matinal camerística que fue estupendamente servida por un quinteto de solistas de la ROSS. Schumann arranca fervorosamente beethoveniano, lo que llevó al conjunto a imprimir un ímpetu que se tradujo en un sonido demasiado grueso, pronto refinado con delicadeza y ternura en un desarrollo brioso. Mejor fue la marcha fúnebre del segundo movimiento, de equilibrio soberbio y en la que resonó más Schubert que Beethoven. En el Scherzo el contraste con los dos tríos resultó brillante y el final, pujante incluso hasta el desmañamiento.

Si en Schumann, el quinteto presentó una tímbrica limpia, abierta, transparente, la mayor densidad de la escritura brahmsiana hizo que en el Cuarteto Op.25 el conjunto se apoyase mucho más en el piano (sólida y musicalísima siempre Postnikova) y en el violín de Pavaci, lo que provocó algún desequilibrio (reexposición del Andante con moto). Fue en cualquier caso una versión intensa, cálida y efusiva, que se hizo todo lo chisposa y virtuosística que requiere ese final gozoso del Rondo alla zingarese.

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