PATRICIA ARAUZO, MACARENA MARTÍNEZ & ALDO MATA | CRÍTICA Talento local, belleza global

Arauzo, Martínez y Mata. Arauzo, Martínez y Mata.

Arauzo, Martínez y Mata. / AMM

El trío con piano y el cuarteto de cuerdas constituyen las formaciones por excelencia de la música de cámara, por el equilibrio perfecto entre sus integrantes y por los juegos de timbres que permite. Más aún, en este último aspecto, en el caso del trío con piano, en el que la personalidad sonora de cada instrumento debe supeditarse a un sonido global que se fundamente en un apropiado balance. De ahí que sea necesario no sólo contar con tres buenos instrumentistas, sino, ante todo, que éstos lleguen a acuerdos en materia de articulación, vibrato, fraseo, dinámicas, etc. Fue el caso del trío con el que la incansable Casa de los Pianistas adornó la noche del sábado con un espléndido programa brillantemente resuelto por sus intérpretes, todos ellos profesores del Conservatorio Superior de Sevilla.

El segundo de los tríos de Turina arrancó con un sonido denso y de tonalidades oscuras sobre el que se desplegó un fraseo lleno de intensidad en los ataques, pero una intensidad convenientemente equilibrada entre los tres instrumentos. El segundo tema del primer tiempo fue enunciado con delicadeza por el violonchelo y en el desarrollo cabe reseñar la brillantez del fraseo del piano y del violín. Los juegos de colores de las sordinas en el arranque del segundo tiempo sustentaron un bien marcado ritmo de zortzico, para dar paso a un último movimiento de fraseo ampuloso, rico en rubato y de ritmos cambiantes.

Los juegos de colores en los tres instrumentos permitieron que la pieza de Takemitsu adquiriese todo su sentido semántico, lo que combinado con la apropiada acentuación de los silencios y los juegos de gradaciones dinámicas confirmó una versión sobresaliente de la obra. Y del primer trío de Schumann sobresalió el fraseo apasionado del arranque, los soñadores pasajes en armónicos de las cuerdas sostenidos por un delicado piano, la articulación picada y saltarina, con bien marcado staccato, del segundo tiempo, y el auténtico fuego expresivo del último.

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