Crítica de Danza

Veinte años de pasión por la danza

Manuela Nogales celebra el 20 aniversario de su compañía. Manuela Nogales celebra el 20 aniversario de su compañía.

Manuela Nogales celebra el 20 aniversario de su compañía. / luis castilla

De forma discreta pero constante, Manuela Nogales es, desde hace años, un referente para la danza de esta ciudad a la que llegó a principios de los noventa y donde, poco después, creó su propia compañía. En ella ha tenido ocasión de desarrollar su lenguaje, como bailarina y como coreógrafa, así como de invitar a un buen número de bailarines.

Dos años después de su última creación, Nogales celebra los veinte años de su compañía con un espectáculo en el que, como una de sus inspiradoras, Anne Teresa de Keersmaeker, realiza un binomio indisoluble entre la danza y la música de un compositor, en este caso Claudio Monteverdi.

Silencio & Ruido es, ante todo, un trabajo de una gran belleza. El espacio, la iluminación, el precioso vestuario (muy lencero el de Nogales) y la sucesión de las escenas... Todo se presenta con un gran sentido de la estética, no solo formal sino expresiva, emotiva... Un sentido de la armonía sin duda más en consonancia con el Monteverdi renacentista que con el barroco.

Enmarcado por el madrigal Hor che'l ciel e la terra e'l ventotace, cantado por cinco magníficos cantantes, la pieza es un canto de amor a la danza. Como bailarina Nogales nos muestra su esencia, su lenguaje, con los brazos, las manos -incluso los dedos- mandando al resto del cuerpo, obligándolo a cambiar de dirección, con rapidez pero sin violencia, aunque alguno de sus solos - con un "Donna crudele" en boca del magnífico contratenor- tenga un dramatismo mayor.

Las escenas de conjunto están llenas de enriquecedores desfases y las otras dos bailarinas están estupendas. Lucía Vázquez, que actualmente reside en Japón, derrocha técnica y vitalidad y Fernando Romero, extraordinario bailaor, demuestra sus no menores dotes de bailarín añadiendo, con su danza precisa y llena de matices, la energía masculina que, sin romper su unidad, completa el espectáculo.

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