Zahir Ensemble | Crítica

Obsesiones sonoras

El conjunto Zahir Ensemble en el Teatro Central en el año 2016 El conjunto Zahir Ensemble en el Teatro Central en el año 2016

El conjunto Zahir Ensemble en el Teatro Central en el año 2016 / María Marí-Pérez

Zahir Ensemble es el conjunto de música contemporánea que en Sevilla hace habitualmente compatible a los grandes clásicos del siglo XX con las creaciones más actuales. Pese a las dificultades de financiación, el conjunto mantiene un festival anual que este año, en su novena edición, ha contemplado la figura de un maestro en residencia, en torno al cual se han organizado las cuatro citas, el alemán Reinhard Febel (Metzingen, 1952).

Junto a una obra para metales y percusión de Febel, el recital unía dos obras tardías de Leos Janácek, ambas compuestas en los años 20 y construidas en torno al piano, y la última de las sinfonías de la compositora rusa Galina Ustvólskaya, curiosamente una de las pocas obras de su catálogo que no incluye el instrumento de teclado en su orgánico. La Sinfonía nº5, subtitulada Amen, es en realidad una pieza camerística, escrita para recitador, violín, oboe, tuba, trompeta y una caja cúbica de madera, que se toca con dos pequeños martillos.

Las repeticiones obsesivas de los motivos en el inicio del Concertino para piano y siete instrumentos de Janácek parecen anunciar el universo de Ustvólskaya, originalísima compositora de culto, con sus bloques sonoros que golpean continuamente al oyente, casi como columnas verticales de acordes que elevaran al cielo de su fe (el recitador declama el Padrenuestro en ruso) una catedral recia, robusta, desnuda, esencialista, que apenas se permite como ornamento el jugueteo de los contrastes tímbricos extremos (oboe contra tuba), tan habituales en toda la música de la autora rusa, y deja una sensación más de congoja que de esperanza.

En Eins (2010) de Febel los metales y la percusión también utilizan un lenguaje lapidario, pero en sus pretensiones de abstracción extrema, la pulsión rítmica no es capaz de sostener la tensión mantenida y el discurso termina por desmoronarse. Neoclasicismo, folclore y fantasía mezclan a la perfección en el Capriccio de Janácek, escrito para la mano izquierda del pianista y un acompañamiento de flauta y metales. El lirismo tenso del Adagio y los contrastes entre los pasajes desenfadados, casi danzables, del Allegretto y la gravedad del final fueron los más destacados de unas interpretaciones de irreprochable virtuosismo, que Juan García Rodríguez dirigió con la pasión y entusiasmo habituales, y en las que todos los solistas destacaron por su implicación y prestancia, con un Óscar Martín que lució su exquisito pianismo de etiqueta, lúcido, claro y elegante.

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