El tiempo vencido | Crítica Hacer sentir el tiempo

  • La Fundación Cajasol expone hasta mediados de octubre la fotografía de Anuca Aísa, que retrata la ausencia y la memoria sedimentada

Una de las fotografías de Anuca Aísa. Una de las fotografías de Anuca Aísa.

Una de las fotografías de Anuca Aísa. / D. S.

Siendo ya un anciano, José Arcadio Buendía, el patriarca de aquella estirpe condenada sin remedio a la soledad, volvía una y otra vez a visitar a Prudencio Aguilar, compadre y después adversario, al que mató, siendo joven, en un duelo. La imagen y la presencia del viejo amigo resistió todos los intentos de borrar aquella muerte. José Arcadio abandonó el pueblo, dejó allí enterrada el arma del duelo y degolló a sus gallos de pelea, pero la imagen y el recuerdo de Aguilar persistían. Por eso cada día lo visitaba y después desandaba el camino. Una vez, sin embargo, no dio con el camino de vuelta: ese día murió el patriarca.

La fábula de García Márquez señala el estrecho vínculo entre recuerdo y existencia, de modo que si el recuerdo queda atrapado en la orilla del flujo de la vida, es que aquel que lo tiene (o lo padece) ha dejado de existir. El recuerdo no se pierde pero sólo queda como imagen cuajada, un fósil, una huella, a veces profunda, en la memoria de los demás.

Una imagen de Anuca Aísa (Madrid, 1967) despierta esa frontera que no separa al recuerdo del olvido sino a la memoria viva de la que sólo está conservada, sedimentada, fija. Me refiero a la ventana que llena casi por completo el plano horizontal de la fotografía. La ventana está ahí, dos cortinas plegadas cuidadosamente la enmarcan, los visillos quedan separados por el volumen del radiador. Unas manos ordenaron cortinas y visillos, unos ojos rastrearon el exterior que vemos borroso y un cuerpo ha filtrado la luz con una delicadeza que también se advierte en el modo en que los visillos se cruzan con la persiana. Pero la ventana está sola. La fotografía la dota de un distanciamiento que convierte a aquellas manos, ojos y cuerpo en ausentes. La imagen vibra entre presencia y ausencia.

Otra fotografía de Anuca Aísa. Otra fotografía de Anuca Aísa.

Otra fotografía de Anuca Aísa. / D. S.

Ésta es en última instancia, la paradoja del instante que la fotografía concreta mejor que cualquier otro arte. Nos esforzamos por conservar el instante, guardarlo, preservarlo pero en ese intento, tal vez lo estemos separando del acontecer vital, del flujo que lo mantiene vivo aunque siempre reacio a una fácil localización. La fotografía no necesita describir la precariedad de la vida porque sencillamente puede hacerla presente. Otra imagen de Aísa recoge frontalmente nichos de un cementerio. La foto, es sin duda correcta y está muy cuidada pero parece narrar o describir algo que la ventana nos entrega de modo más inmediato e inquietante.

Otras imágenes de Aísa nos hablan de espacios que fueron habitados. Una lo hace también de modo descriptivo. Así la pared que junto al teléfono muestra un cable de un conmutador con los hilos separados. Otra de sus fotografías, sin embargo, apunta en la misma dirección de modo más eficaz: no describe el lugar deshabitado sino que lo realiza. Me refiero a esa habitación con un arco practicado en la mampostería. Hace pensar en aquellas viviendas burguesas que separaban, sin aislarla de las demás, una habitación, reservándola tal vez para recibir visitas o simplemente para tener en ellas cuadros u otros objetos de especial valor o significado para la familia. La fotografía de Aísa recoge desde una habitación esa otra. En la pared perduran las siluetas dejadas por los cuadros, pero ahora la pieza sólo retiene un objeto tan útil como poco selecto, una tabla de planchar. El antiguo salón es sólo un espacio vacío que guarda y hace presente sin embargo las huellas de quien lo habitó.

Otra de las imágenes que forman parte de la exposición. Otra de las imágenes que forman parte de la exposición.

Otra de las imágenes que forman parte de la exposición. / D. S.

La utilidad no es el exclusivo destino de los objetos. Éstos, en las imágenes de Aísa, poseen entidad propia. Así las almohadas y edredones ordenadamente dispuestos y apilados. No son meros instrumentos porque en ellos se han depositado sueños, gestos de amor, cansancio o miedo. Ahora, amontonados, quizá sean para algún espectador sólo un volumen entre orgánico y geométrico, y a otros recordará una conocida fotografía de Sol Lewitt en su Autobiografía. Pero no es fácil separar esa imagen de los perfiles del cuerpo que reposó, sufrió o amó en ellos. Los objetos siempre poseen capacidad para interpelar al cuerpo que, a fin de cuentas, es también un objeto. Sólo que la inteligencia permite al cuerpo convertir cada objeto en su cómplice, otorgándole su secreto: poseer un interior como él mismo posee.

El discurso de Aísa aborda, a mi juicio, la poética del tiempo. Lo hace desde distintos frentes (el vértigo del instante, el silencio del pasado, el tiempo enhebrado en los objetos) y en ocasiones con la fuerza que, en vez de narrar, lo hace sentir. Anuca Aísa estudió y se licenció en Derecho, y lo ejerció durante un tiempo. Familiarizada con la fotografía desde niña (su padre tenía en casa un laboratorio) decidió cultivar este arte tras cursar un máster en el Centro Internacional de Fotografía y Cine, y seguir talleres con autores, tan destacados como Axel Hütte, el paisajista formado por Bernd y Hilla Becher.

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