Cultura

El arte de dejarse llevar

  • Malheur, una joven banda sevillana en la frontera imprecisa entre el rock experimental y el jazz eléctrico, publica pocos meses después de su formación su primer álbum, 'Dulcia Cum Amaris'

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Hace menos de un año Malheur ni siquiera existía y hoy es ya una de las nuevas bandas que más poderosamente -y más sorprendentemente, tanto por la rapidez con la que ha cuajado el proyecto como por las en cierto modo inusuales fuentes de las que beben- vienen a recordar a quien quiera escuchar, a quien esté dispuesto a prestar atención al pulso de la creación musical, la extraordinaria vitalidad de la escena local. Más allá de fronteras estilísticas, por otro tan forzadas y artificiales casi siempre, ahí están otros grupos, de Tentudía a Holland, de Miraflores a Jacob pasando por Blooming Látigo, todos nacidos en la oleada post-Pony Bravo, y todos tan distintos entre sí como interesantes y orgullosa y naturalmente radicales, para certificar la calidad y la efervescencia de ideas en Sevilla.

Dulcia Cum Amaris, el primer disco del trío compuesto por Juan G. Acosta, Manuel Montenegro y Juan Miguel Martín, ha sido editado no casualmente por Knockturne Records, un sello jovencísimo al que unos pocos meses le han bastado para convertirse en una referencia de altura para los amantes de la música más aventurera. Es el caso de Malheur, que entre el jazz (eléctrico), el post-rock de la escuela de Chicago -Tortoise es no en vano uno de los grupos de cabecera de Acosta- y una suerte de psicodelia sobria y de tonalidades oscuras, y con figuras como John Zorn, Sonny Sharrock o el Miles Davis más desmelenado en su santoral particular, han grabado un disco magnético y evocador, que atrapa más a cada escucha, siempre intentando seguir las únicas premisas previas que se marcaron al reunirse, "que la improvisación tuviera mucho peso", dice el guitarrista, "y que cada tema fuera una especie de reto, que en cada uno de ellos intentáramos hacer algo diferente".

En este planteamiento tuvo mucho que ver la necesidad de los tres de "disfrutar tocando", sin más pretensiones iniciales, de pasar horas en un ambiente "relajado y divertido", dos palabras que Martín repetirá varias veces durante la conversación y que revelan elocuentemente el motor de su alianza en este proyecto, así como la atmósfera del disco, densa y a ratos hasta ominosa pero a la vez lúdica, dinámica y con potentes ráfagas de luz más bien tenue, eso sí. Todos en el grupo tienen un amplio bagaje previo en proyectos diversos, y a todos les apatecía "dejar de tocar versiones o canciones originales pero en grupos de otros", dice el bajista, que forma parte también de los Krooked Tree de Dan Kaplan, "y me lo paso bien, pero es distinto", matiza: "ensayo, interpreto, trabajo en algún arreglo... pero no son míos los temas, y tenía necesidad de involucrarme en algo más personal".

Algo similar le ocurría a Manuel Montenegro, que tras una trayectoria que abarca desde su participación en el grupo sevillano Ataraxia, con el que llegó a editar un disco, a sus flirteos con la música brasileña o la electrónica, sentía que necesitaba encontrarse con una música que realmente le "motivara"; ahí empezó a añorar el jazz. Juan G. Acosta sí venía de un proyecto muy personal para él, Robot, un grupo que creó tras su paso por Systema y en el que lo hacía casi todo: "tocaba la guitarra, cantaba, escribía las letras, producía los discos... y quizás por eso me apeteció meterme en algo donde yo no estuviera en el centro, algo que permitiera a cada músico expresarse libremente y luego, entre todos, armonizar el conjunto", dice.

El guitarrista y el batería se conocían ya, prácticamente desde la infancia, pero habían perdido el contacto. Cuando lo retomaron, constataron inmediatamente que "la química seguía ahí". La búsqueda de un bajista, lejos de ser -como temían- una tarea engorrosa, "una odisea", explica Acosta, fue rapidísima: la primera persona a la que llamaron encajó a la perfección. "Después de tirarme mucho tiempo tocando cosas que a veces no me gustaban e incluso con personas que claramente, lo sentía al tocar, estaban en otra onda, con ellos me sentí desde el primer momento muy relajado. En el primer ensayo nos pegamos cuatro horas, el segundo se alargó a cinco... Nos hemos dado unos tutes curiosos", explica el bajista.

Una propuesta de estas características, que fía una parte esencial de su encanto al vuelo de la intuición, a esas fricciones que en la interpretación hacen brotar un fuego inexplicable, encuentra obviamente su plenitud en el directo. Los tres tenían "más que claro" que la grabación debía hacerse en directo, y así fue. "No hubo auriculares, ni claqueta, ni mamparas... nada. Nosotros tocando en la habitación, con los micros no demasiado cerca para que captaran el ambiente, la atmósfera de la sala, para que sonara orgánico", explica Acosta sobre el trabajo realizado en los estudios La Mina de Raúl Pérez (de nuevo, y van...).

"Yo estaba más acostumbrado a grabar por pistas, pero cuando asumes este otro modo de hacerlo, cuando te olvidas de los errores, entonces es divertidísimo", sigue el guitarrista. "Se pierde siempre un poco de perfección, pero se trata de buscar otra cosa, la energía, la sinceridad... porque esto es muy honesto, de verdad, y por eso no queríamos algo enlatado, sino algo vivo", tercia Montenegro. Visto el resultado, incluso -sobre todo- el proceso en sí, la jugada salió bien. "Íbamos a grabar cuatro o cinco temas... Llevábamos más, pero en plan éstas son titulares y aquellas, suplentes. Pero empezamos, y seguimos, y nos calentamos, y salieron y salieron tomas buenas, y al final nos dijimos: Quillo, esto es un LP".

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