Cultura

"El arte es una puerta que conecta al hombre con lo trascendente"

  • Javier Sierra analiza en su nueva novela los mensajes espirituales que esconden algunas de las obras maestras del Museo del Prado.

Tras examinar las contradicciones y secretos que escondía una de las pinturas de Leonardo Da Vinci en La cena secreta, Javier Sierra tuvo el pálpito de que algún día volvería sobre los pasos de Rafael, el discípulo predilecto del autor de La Gioconda. Las pesquisas llevaron al novelista a una asombrosa deducción: ambos "habían leído los mismos libros", en concreto uno de singularidad extraordinaria que nunca se había impreso y que circulaba en forma de manuscrito entre pintores, el Apocalipsis Nova, una obra que relataba pasajes alternativos a los Evangelios y donde se insinuaban argumentos que podían tomarse por heréticos, entre ellos que Jesús tuvo hermanos o que Juan era el verdadero Mesías. Aquel extraño texto, que también inspiró a El Greco y del que se conserva un ejemplar en la biblioteca de El Escorial, reserva algunas claves gracias a las que se pueden entender los propósitos verdaderos de Rafael al abordar algunas de sus obras maestras.

Ésta es sólo una de las revelaciones que guardan las páginas de El maestro del Prado y las pinturas proféticas (Planeta), la nueva novela de Javier Sierra, en la que este narrador que concibe "el arte como una puerta a lo trascendente" hace un peculiar inventario de la pinacoteca madrileña y analiza los mensajes espirituales que encierran algunos de los cuadros. "El arte no es como nos lo han contado: una sucesión de maestros, de técnicas pictóricas, de materiales o de colores; el arte es el alma, la intención suprema que tú le pones. Nació aproximadamente hace 40.000 años en las cuevas de Altamira y en las cuevas del sur de Francia con un propósito trascendente: no se pintaban bisontes, sino almas de bisontes. Cuando un chamán o el líder de una tribu del Paleolítico se metía en el corazón de una cueva y en lo más oscuro hacía unos trazos del mundo exterior, estaba intentando dominar esa cosa del mundo exterior en un acto mágico. Yo quería saber si ese propósito sobrenatural permanecía. Y me he topado con la sorpresa de que grandes maestros de los siglos XV, XVI y XVII, sobre todo, conservaban esa necesidad de pintar ciertas obras mágicas", explica Sierra.

Al principio, este aragonés afincado en Madrid tanteó hacer con sus tesis un ensayo, pero pronto comprendió que "habría sido muy arduo y el lector se habría cansado". "El arte es como el perfume: hay que ponerlo en pequeñas dosis. Así que emulé a los grandes escritores de la antigüedad: disfracé la información de una fábula", dice. Para su trama, Sierra toma una vivencia real que le ocurrió cuando él era un recién llegado a Madrid, donde estudiaba Periodismo y mataba el tiempo entregado a la belleza de los lienzos del Prado. "Una tarde, un señor y yo observábamos detenidamente La Perla [como se conoce a la Sagrada Familia] de Rafael, y supongo que porque me vio muy jovencito ese hombre se ofreció a guiarme por algunos cuadros. Anoté aquella experiencia en un cuaderno que encontré cuando preparaba este libro, y ahí vi que tenía al personaje", cuenta. A ese mentor, llamado en la novela el doctor Luis Fovel, le ha otorgado algunas hechuras de ficción, cierta cercanía con lo sobrenatural. "Tiene algo de guía, de psicopompos, que eran los animales que en las mitologías conducían el alma de los difuntos hasta el cielo", compara.

Entre las informaciones inesperadas que maneja Sierra se halla la teoría que señala que Juan de Juanes pintaba en sus cuadros una copa que se custodia en la Catedral de Valencia, y que para algunos es el verdadero Santo Grial. "La Iglesia hace con esa copa como con la Sábana Santa: no la autentifica porque no puede, pero sí que la avala. Ha sido utilizada por Juan Pablo II y Benedicto XVI en las misas que han dado en el Levante cada vez que han venido", expone. El autor, que ha descrito en ocasiones anteriores "escenarios exóticos, inaccesibles" como el monte Ararat o el Milán de Leonardo, demuestra que el misterio "puede encontrarse a la vuelta de la esquina". "Es increíble, por ejemplo, ver cuántas de estas reliquias se pueden rastrear en cuadros del Prado. En el retrato de Carlos V en la batalla de Mühlberg, de Tiziano, el monarca tiene una lanza que, según la leyenda, es la que usó el centurión Longinos para atravesar el costado de Cristo. Decían que aquel que tuviera la lanza en sus manos vencería todas las batallas en las que se enfrentaba, por eso Carlos V se retrataba con ella", señala. Esos retratos oficiales y neutros engañaban: "Muchos de ellos son objetos mágicos, talismanes, algo que choca mucho con la idea de monarcas católicos que no creían en la magia. Pero eran los primeros que encargaban horóscopos, guardaban reliquias dudosísimas y participaban en aquelarres o en reuniones extrañas".

Sierra se siente orgulloso de haber llevado el Prado a los registros de la literatura de evasión. "Ya era hora de que surgieran este tipo de aproximaciones al museo. El Louvre, por ejemplo, ha generado muchos mitos, allí se habla con naturalidad de Belphégor, del fantasma de la pinacoteca, que es una invención literaria. Tenemos que convertir el Prado en una semilla literaria, porque darle esa dimensión garantiza su supervivencia. La mayoría de sus visitantes son extranjeros, hay que conseguir que los españoles vayamos al museo", argumenta el narrador, que sostiene que con esta novela abre "un camino" sobre esa vertiente prodigiosa del arte. "Me gustaría terminar con dos grandes pintores del siglo XX cuyas imágenes se movían entre el más allá y el más acá, que fueron Picasso y Dalí. Cuando a Picasso la familia le criticaba su estilo, él bramaba diciendo: 'Es que yo veo cosas que vosotros no veis'. Siempre he tenido curiosidad por saber qué veía".

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