La calle de los libros

La corriente infinita

  • Coordinado por Juan Bonilla, el fotolibro publicado con motivo de la XLI Feria del Libro Antiguo de Sevilla traza un sugerente recorrido donde las imágenes conviven con los versos

Paseantes frente al escaparate de una librería. Paseantes frente al escaparate de una librería.

Paseantes frente al escaparate de una librería. / Nuria Mendoza

Bajo el impulso de José Manuel Quesada, la Asociación de Amigos del Libro Antiguo de Sevilla auspició hace unos años una valiosa línea editorial, acogida por el sello de la Universidad Hispalense, dedicada a la bibliofilia, en la que aparecieron títulos como Enfermos del libro (2009) de Miguel Albero, Un mundo de libros (2010) de Yolanda Morató, De rastros y encantes (2011) de José Carlos Cataño, Catálogo de libros excesivos, raros o peligrosos (2012) de Juan Bonilla o Somos libros, seámoslo siempre (2014) de Fernando Iwasaki, que pese a ser relativamente recientes se han convertido en obras de referencia e incluso de culto, muy buscadas por los lectores aficionados a la materia. Felizmente, los libreros tienen la intención de relanzar la colección a corto plazo y entre tanto, como para ir abriendo boca, han publicado este año, coincidiendo con la celebración de la XLI edición de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, un hermoso fotolibro coordinado por el citado Juan Bonilla, que como su buen amigo y compañero de correrías Juan Manuel Bonet anda en los últimos tiempos fascinado por un género o formato específico –no se trata sin más de álbumes o libros de fotos– donde las imágenes asumen el protagonismo o lo comparten, como aquí, con los textos asociados.

Cubierta de 'La calle de los libros'. Cubierta de 'La calle de los libros'.

Cubierta de 'La calle de los libros'.

El título, La calle de los libros, retoma un concepto que el poeta jerezano, autor de páginas espléndidas dedicadas a la bibliomanía, ha empleado en otras ocasiones, referido en origen a Latinoamérica y ampliado ahora a buena parte del ancho mundo. Como las piscinas del relato de John Cheever, que conformaban un solo río en el que el nadador se sumergía cada vez más enajenado, así los incontables puestos y establecimientos de libros de todas las ciudades y mercadillos del globo podrían estar en una misma vía donde el paseante, quizá también poseído por la ebriedad, no cejaría nunca en la pesquisa. En el recuerdo de cualquier buscador de libros se superponen los escenarios de una pasión que sigue teniendo mucho que ver, pese a las infinitas posibilidades abiertas por internet, con el azar y el encuentro físico, indisociable de los lugares donde ocurrió, de las personas que lo propiciaron o del entorno que, tanto más si se trata de coordenadas alejadas de las propias, de algún modo se contagia a los ejemplares adquiridos, convirtiendo los volúmenes de cualquier biblioteca en un catálogo de exotismos.

La pasión de los libros sigue teniendo mucho que ver con el azar y el encuentro físico

La geografía representada en La calle de los libros es fundamentalmente europea, con parada en las ciudades españolas de Barcelona, Cádiz, León, Madrid, Sevilla y Valencia a las que se suman, dentro del continente, las de Berlín, Edimburgo, Londres, Nápoles, París y Utrecht. En la misma encrucijada se sitúa Estambul y, ya en Asia, las lejanas plazas de Calcuta y Tokio. América, en fin, comparece de la mano de Bogotá, México y Nueva York. Algunos de los establecimientos son identificables por los letreros y otros, en el caso de los mercados callejeros, por las trazas y los exteriores que remiten inequívocamente al Rastro, los Encantes o la Cuesta de Moyano, pero hay también imágenes de interiores –veinte fotógrafos, incluyendo a Bonilla y a la diseñadora del volumen, Verónica Díez, participan en la muestra– y tanto unas como otras tienen un convincente aire casual, verosímilmente cotidiano.

La presentación de poemas y fotos persigue transmitir la ilusión de una autoría única

Por lo mismo que la procedencia no se aclara en los pies de foto, pues de hecho las fotos no llevan pies, tampoco los textos que se alternan con ellas, poemas en su mayor parte, indican la autoría, que los lectores debemos buscar en las solapas, donde títulos y autores aparecen vinculados por números –e igual en el caso de los fotógrafos y los escenarios–, o también en las páginas finales del libro, donde el procedimiento de alineación recuerda a los planos del metro o los autobuses urbanos. Ambas ausencias son deliberadas y persiguen transmitir la ilusión de una autoría única o anónima, sugiriendo que así como todas las ciudades son una misma ciudad o ninguna, pues la calle de los libros no pertenece a ningún lugar o está en cualquiera, los poetas hablan con una sola voz que –la imagen no habría disgustado a Borges– los representa y nos representa a todos, a los que venden libros y a los que los compran, a los que los escriben y a los que los leen, a los que murieron y a los que viven o aún no han nacido.

Puesto de Luis Andújar en El Jueves. Puesto de Luis Andújar en El Jueves.

Puesto de Luis Andújar en El Jueves. / José Ángel Borja

De eso, de la vida, que como suele precisar Bonilla –y desmiente Xuan Bello– es de lo que en definitiva estamos hablando, cuando hablamos de libros, tratan los poemas de Darío o el propio Borges o Juan Ramón Jiménez o Unamuno, de Neruda o José Emilio Pacheco, de Juan Luis Panero o Juan Manuel Bonet, de Felipe Benítez Reyes o Luis Alberto de Cuenca. Veintidós autores entre los que de nuevo se cuentan los hacedores del volumen, que es también, por lo tanto, una antología poética, muestra mínima pero significativa de una corriente infinita a la que cada lector podrá añadir los versos y las etapas ligados a su memoria sentimental. Compuesto en el tipo Courier que adoptaron las viejas máquinas de escribir a mediados del siglo XX, la edición, de cuidada factura, cierra con las familiares vistas de algunos de los templos sevillanos consagrados al libro de lance: la legendaria nave de Renacimiento, Antonio Castro, Alejandría, Baena, Los Terceros, Sur, la ya desaparecida Trueque, Padilla y por supuesto El Jueves, en una de cuyas instantáneas reconocemos el puesto de Luis Andújar, no lejos del local que fue El Desván, donde el veterano librero sigue viéndolas pasar, frente a Casa Vizcaíno. Otra clase de templo en el que también, con libros o sin ellos, se trata de la vida.

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