Cultura

El ejército invencible

  • ¿Cuánto puede luchar una persona contra su destino? Lórchenkov ensaya su mordaz respuesta con esta historia de moldavos obsesionados con Italia

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Para llegar al otro lado. Vladímir Lórchenkov. Trad. Enrique Moya. Nevsky Prospects. Madrid, 2015. 192 páginas. 18 euros.

Libro humorístico, de un humorismo fúnebre y desesperanzado, Para llegar al otro lado acude a dos viejos tropos de la cultura europea con el fin de revelarnos la naturaleza última de las migraciones modernas: El Grand Tour y Las Cruzadas. Como sabemos, en ambos casos el viaje a otras tierras vino precedido de una fuerte atracción ideológica, de un imaginario previo, cuya fascinación movilizó a millares de almas, bien en busca de la belleza clásica y la Antigüedad pagana de la Roma renacida, bien en pos de la liberación de Tierra Santa y la protección del Santo Sepulcro. Este mismo archipiélago de mitos y fabulaciones es el que encuentra Lórchenkov en la Europa actual. Y más concretamente, en la Unión Europea, en la soñada Italia, donde pretenden llegar infructuosamente los aldeanos moldavos que protagonizan estas maravillosas páginas.

Maravillosas, aquí, sin embargo, tiene un significado más antiguo y más preciso que el actual. Maravilloso, en la obra de Lórchenkov, adquiere la significación que Le Goff otorgó a lo inesperado y sobrenatural en el medievo de Occidente. Esa maravilla, en estrecha intimidad con lo cotidiano, que formaba parte de la cotidianidad misma de los siglos medios, es la que aplica Lórchenkov para describir una realidad, desmesurada y poética, pero realidad al cabo, donde el sueño de Italia, el sueño de la prosperidad europea, se mezcla indiscerniblemente con las penurias y la escasez de de los moldavos. El hallazgo, pues, de Lórchenkov, es un hallazgo que podríamos consignar como una suerte de realismo mágico, a la manera continental, cuyo precedente más obvio y más exacto es Álvaro Cunqueiro. Cuanto Cunqueiro fabuló sobre su Galicia aldeana, una Galicia penetrada por los mitos indoeuropeos y las leyendas que vinieron, durante siglos, por el Camino de Santiago, es aplicable a esta Moldavia crédula y sagaz, que se expresa, no obstante, con la desmayada esperanza y el humor en aguafuerte de Azcona y Luis Berlanga. Se trata, en consecuencia, de una metáfora del trasterrado y el errante; pero una metáfora que excede su mera carga abstracta y se concreta en un buen número de personajes -alguno de ellos extraordinario-, que han decidido vivir en la ensoñación del Paraíso, de la Jerusalén terrestre y, en suma, de una Arcadia italiana donde todo es luz y piedras venerables, y donde el trabajo y la riqueza son el modo usual, la naturaleza misma, del ser europeo.

Se comprende así que Lórchenkov haya escogido, no sin acierto, esta doble vía de aproximación al mito, sustanciada en el Grand Tour y el fallido empeño de las Cruzadas. Si el Grand Tour fue la fascinación estética, el descubrimiento filosófico y humano de la Roma clásica, la cruzada de Lórchenkov será el modo, entre visionario y errático, que adoptarán los moldavos para tomar la nueva Jerusalén europea de las manos impías de los herejes. En este sentido, no parece casual que Lórchenkov, influido quizá por Marcel Schwob, reproduzca irónicamente "La Cruzada de los niños", aquella cruzada que, partiendo del Orlanesado y Renania, cruzó hasta Marsella en 1212, y cuyo final fue la muerte o la esclavitud de los millares de niños que acudieron llamados por una vocación celeste.

Ese mismo impulso, entre ingenuo y tenaz, llevados por la promesa de un Edén en la tierra, es el que mueve a los personajes de Para llegar al otro lado. Unos personajes, por otra parte, que harán lo imposible para cumplir su sueño, pero que abandonan su aldea con una grave y esencial congoja: ¿existirá, verdaderamente, Italia? Los viejos de la aldea, o el mismo párroco ortodoxo, sostienen que no; la juventud más aventurera o más leída, da como cierta la existencia del vergel adriático. Todos, en cualquier caso, viven con la sombra de Italia, de su prosperidad, de su "apacible grandeza" (Winckelmann), presente en sus ánimos, y desde ese oscura inquietud se modularán, ineludiblemente, sus actos. Digamos, por último, que el hecho de que Lórchenkov haya revestido su novela de humorismo -un humorismo descorazonador y agudo- no hace sino agrandar el tembloroso drama de este ejército invencible, de estos parias moldavos.

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