Crítica de cine (SEFF 2017)

Los fragmentos y el todo

Un momento coreográfico-musical de 'A fábrica de nada', película colectiva portuguesa firmada por Pedro Pinho. Un momento coreográfico-musical de 'A fábrica de nada', película colectiva portuguesa firmada por Pedro Pinho.

Un momento coreográfico-musical de 'A fábrica de nada', película colectiva portuguesa firmada por Pedro Pinho.

Muchas películas en una, A fábrica de nada se atreve conscientemente con esta desmesura al intentar imbricar la posibilidad del reverdecimiento de un debate político de clase con la utopía estética de un filme libre y en taracea, en el que, suspendidas las jerarquías, lo humano luzca con mayor complejidad. El valeroso ensayo se traduce en tres horas que plantean un ascenso -no en vano la fábrica de nada producía ascensores- que involucra sobre todo a las ideas, que sí que suben a la superfice contra todo derrotismo y melancolía.

Este filme colectivo que enmaraña gustoso casi todas las piezas tiene ilustres antecedentes, de Reprise de Hervé Leroux, desaparecido hace muy poco, a los alardes de heterogeneidad brechtiana del también añorado Joaquín Jordá (Númax, Veinte años no es nada), por no entrar en los vericuetos del cine militante y/o experimental. No obstante, en A fábrica de nada esta indeterminación motora también resulta a veces un freno a la coagulación de las fuerzas subterráneas de la película: es decir, cuando el filmeà la Kramer va amaneciendo, el de las subjetivaciones y las formas de vida de quien asume el poder o del que lo deja pasar de largo, queda oscurecido por una larga escena discursiva, por un debate o teñido por ese personaje de estatuto dudoso, el cineasta, que añade las cuitas de la representación a la refriega en torno a las salidas de ese capitalismo siempre tardío, decadente y moribundo que no hace sino mutar.

A fábrica de nada elige ser como es y tampoco tiene demasiado sentido reprocharle que al final se asemeje más a una película inacabable de Miguel Gomes que a los gestosy fragmentos de Alberto Seixas Santos, más a un cajón de sastre pop de la aflicción política y su reflejo en las relaciones humanas, que a un recuento más afinado del camino que nos ha llevado hasta aquí. Visto con cierto optimismo, del que la película es traficante, Pinho y los suyos han podido ser todo y han elegido ser nada, cosa loable en el cine-yo europeo cada vez más enrocado en fórmulas caducas.

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