Leggero Trío | Crítica La guitarra intrépida

El conjunto Leggero Trío el viernes en el Alcázar El conjunto Leggero Trío el viernes en el Alcázar

El conjunto Leggero Trío el viernes en el Alcázar / Actidea

Convertida en esencia en el instrumento que hoy conocemos, ya con sus seis cuerdas simples, a principios del siglo XIX, la guitarra era un instrumento de moda en los salones parisinos de la encumbrada burguesía. El trabajo florecía (como exiliados españoles tan famosos como Sor y Aguado agradecieron) y los guitarristas se dedicaban a presentar obras nuevas y a trabajar para editores preparando arreglos de los más grandes compositores del tiempo, que luego también giraban en rutas domésticas.

A veces los arreglos se hacían para formaciones algo extravagantes, como la que trajo este Leggero Trío al Alcázar. En la Serenata Op.8 de Beethoven (original para trío de cuerdas), la guitarra no parecía demasiado fuera de lugar, al fin y al cabo el género se presta a su presencia, pero en una de las sonatas para violín más dramáticas de Mozart (la KV304) sí que resultaba algo extraña. Pierre Porro, el guitarrista francés autor de este arreglo, supo en cualquier caso reservar la parte melódica del piano para su instrumento, que, merced al sonido cálido, delicado y muy matizado de Antonio Duro, destacó de forma admirable en el trío del minueto.

El Leggero había empezado con alguna duda en Beethoven (articulación no siempre limpia de Belmonte), pero se hizo fuerte en las variaciones del Andante y se afianzó con Mozart, que cerró también el concierto con arreglos sobre La flauta mágica, sorprendente el de la obertura, en la que el trío logró seguramente el punto álgido de su equilibrio (y si no, la pieza se derrumba sin remedio), muy lírico y sereno el de la primera aria de Sarastro, chisposo el del aria de Papageno, con graciosas variaciones. Entre Mozart y Mozart, Belmonte y Castelló hicieron una dramática versión de Erlkönig, balada fantástica de Schubert.

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