in my room | Crítica SEFF

La fina risa del cine laborioso

El superviviente protagonista de 'In my room' de Ulrich Köhler. El superviviente protagonista de 'In my room' de Ulrich Köhler.

El superviviente protagonista de 'In my room' de Ulrich Köhler.

Creo que fue tras ver Los amantes del Pont Neuf de Carax que Serge Daney se sorprendía de la cantidad de esfuerzos que el cine posclásico (y posmoderno) tenía que llevar a cabo para tratar sobre la cosa humana y arribar a la emoción. Ante In my room nos vino el mismo argumento a la cabeza: la que tiene que montar Köhler para hablar del carácter y el hábito, de la herencia y las máscaras. Para ello, prácticamente, se ve obligado a acabar con la humanidad y trasladarnos a un mundo apocalíptico y casi despoblado en el que un hombre y una mujer se enfrentan a la suerte y la responsabilidad de empezar el mundo de nuevo.

El año en el que Christian Petzold dejó, sin armar excesivo revuelo, una de las mejores películas del año, Transit, ha regresado también Köhler, un cineasta algo más precavido de lo normal si lo comparamos con el resto de compañeros de la Escuela de Berlín. Aquí, como antes (Montag kommen die Fenster, Sleeping Sickness), se reivindica como pulcro realizador de tiralíneas, con buen ojo para la económica descripción de personajes y ambientes, y cierto pudor (sólo cierto) a la hora de regodearse en las derivas pornográficas de la pulsión escópica (marca de la referida escolástica).

Si bien In my room responde al espíritu teledirigido y al cine que pierde tiempo echando el aliento a la cara del espectador, hay que reconocerle a Köhler un fino sentido del humor, una risa algo maléfica pero que sabe encarnarse en imágenes pregnantes –la salida a caballo de las desoladas estaciones de servicio, por ejemplo– que juegan con el repositorio de clichés fantásticos y bucólicos, e incluso ponen en riesgo el pacto de verosimilitud con el espectador. Esta fuente de ambigüedad aligera el tránsito por la oscura pendiente en la que constriñeron la existencia estos cada vez menos jóvenes berlineses.

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