La confesión | crítica Los eternos peajes del tele-teatro

Los protagonistas de 'La confesión', de Javier Ossorio. Los protagonistas de 'La confesión', de Javier Ossorio.

Los protagonistas de 'La confesión', de Javier Ossorio.

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Tanto se parece la comisaría a un plató de televisión que no resulta extraño que se cuelen los tics del medio en este esforzado huis clos teatral con tres actores sometidos a continuos careos de intensidad. Junto al imaginario y la atmósfera catódicos, se filtra entonces otro fantasma relacionado con todo esto, el de la representación de la violencia, cuestión peliaguda cuando el entramado de planos (y las elipsis que permiten sus intersticios) queda sustituido por la desnudez corporal propia del teatro, ahí donde no hay sitio para esconderse y el fingimiento deviene en un raro arte al alcance de muy pocos elegidos.

Quizás el principal problema de La confesión sea que deja de lado la posibilidad lúdica (el potencial mametiano de las idas y venidas entre poli bueno/poli malo y sospechosa de colaborar con el yihadismo) y decide tomarse demasiado en serio en tanto que parábola-coctelera de la gaceta de actualidad (terrorismo, fútbol, islamofobia, heteropatriarcado y una pizca de pederastia eclesiástica). Espesor coronado por un ambiguo mensaje sobre la brutalidad e insensibilidad policiales (de película) como fábrica de futuros asesinos.

La rápida consecuencia: un molesto desequilibrio entre la tiranía de la verosimilitud y esos embarazosos momentos en que los actores suenan muy conscientes de estar diciendo cosas importantes en dirección al patio de butacas. El texto, de esta manera, queda como tensado entre ambos extremos, y la interpretación de los protagonistas, por muy física y apoyada en gadgets y objetos que sea, artificiosa.