Leto-Summer | crítica seff

Enamorados de la moda juvenil

Jóvenes rockeros, protagonistas de 'Leto-summer'. Jóvenes rockeros, protagonistas de 'Leto-summer'.

Jóvenes rockeros, protagonistas de 'Leto-summer'.

Leto transpira una extraña inocencia, como si fuera posible espiar desde la mirilla una burbuja intocada de cine, a la contra, por ejemplo, de la pedagogía godardiana –se afina una película como lo hace una banda–, o de la resaca psicodramática que Garrel extendiera sobre los resacosos del ensayo revolucionario. Leto, filme nada cínico, prefiere otra cosa, dar la espalda a todo esto y alinearse con una modernidad bobalicona y simpática –digamos, free... El Knac y cómo conseguirlo podría encarnar ese fantasma– que quizás guíe, aunque dudamos hace tiempo de estos atajos, a algún despistado hacia propuestas más enjundiosas.

Configura Leto tamaña panoplia de amortiguaciones estéticas en clave retro, desde el blanco y negro a las animaciones parvularias, que hace dudar de si la vida pasó por aquí, de si hubo cuerpos imantados de veras por T-Rex, la Velvet o David Bowie; así de desmoralizador resulta convocar la memoria del rockero Víktor Tsoi y de aquellos años de contracultura en el Leningrado de la década de los ochenta de manera tan aséptica y controlada al milímetro.