Mariphasa | crítica seff

Un diario de invierno que ya fatiga

Uno de los protagonistas de 'Mariphasa', último trabajo de Sandro Aguilar. Uno de los protagonistas de 'Mariphasa', último trabajo de Sandro Aguilar.

Uno de los protagonistas de 'Mariphasa', último trabajo de Sandro Aguilar.

Aguilar ha encallado en este cine de la imaginación nocturna (en clave siniestra), y no se percibe una salida a la vista. Hace pensar en otro cineasta otrora interesante, Grandrieux, con quien comparte esa algo adolescente igualación entre la radicalidad formal y los universos maldororianos. En estos, sin embargo, se echa en falta el vuelo de la hipérbole y la risa del Conde franco-uruguayo.

Desde A zona, Aguilar clava el mismo clavo, y podría afirmarse incluso que Mariphasa sube un peldaño en lo que a perfección se refiere: calculada atmósfera, personajes especulares, finas transiciones entre los no-lugares cristalizados, sensación de opresión e inminencia de catástrofe. Los pocos hilos argumentales de los que poder tirar; el fatigoso ejercicio de exégesis del espectador por arrancarle significado a los susurros que se intercambian los velados protagonistas, se sabe un ejercicio baladí e innecesario. Queda la experiencia de los rastros sensoriales y su potencia evocadora de un pasado traumático y un presente clausurado: el machacado del cristal, el ladrido de un perro, el reflejo de aviesas miradas... Es decir, queda muy poco.