Cultura

¿Pero ya han pasado 30 años?

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La gente que acudió al Auditorio al programa Rock y Flamenco estaba entregada de antemano a todos los conciertos, cortitos de tiempo, pero largos de ganas, que Luis Clemente fue presentándonos durante una larga noche que se abrió con una inspirada Lole Montoya.

A Pata Negra le faltaba un puntal, pero Rafael no estaba en mala forma. Sentado, con su guitarra, entonaba bastante bien y la gente se dejaba llevar por las canciones más conocidas de la Pata. Hubo blues, pero con lo que de verdad Rafael se siente cómodo es con el flamenco, no hubo más que ver la apoteosis final con la que terminó su concierto.

Y luego Cai. Para ser un grupo cuyo sonido se basaba en la profusión de teclados, anoche brillaron más cuando el primer plano lo ocupaban las guitarras. Los flashes que me recordaban al Andrian Belew de King Crimson, sin embargo, se esfumaban pronto.

Los de Guadalquivir empezaron con mucha fuerza, tocando un jazz-rock de altura en el que Manglis (que no ha perdido ni un ápice de su toque) y Andrés Olaegui insuflaban mucha vida a las renacidas piezas más conocidas de sus inicios. Después no le pillé el punto a que el Guadalquivir, camino de Triana, diese un rodeo por la India.

Por Alameda parece que no han pasado 30 años. Pepe Roca sigue cantando igual de bien, los teclados y la guitarra no desentonan cuando se vienen arriba, su sinfonismo andaluz sigue teniendo el mismo duende…

Con ellos vino el momento emocionante de la noche. Presentaron a Eduardo Rodway, que tras un emotivo homenaje a los caídos por el tiempo entonó Tu frialdad dedicado a la memoria de todos. La gente se entregó al acto, y debo reconocer que incluso mi corazoncito iconoclasta se conmovió con el recuerdo a Triana.

Con Tabletom llegó el rock, sin asociar al flamenco. Los juegos de flautas, saxos, guitarras, a cargo de unos músicos jóvenes y vibrantes proporcionaron una instrumentación que tapó con creces todos los fallos de un Roberto divertido y tierno, pero con los papeles bastante perdidos.

Imán fueron los mejores de la noche con muchísima diferencia. El preciosismo y la magia que derramaron hizo que el tiempo se detuviese, por lo que a la gente se le pasó en un suspiro, y cuando se despidieron pidió más. Fue a los únicos a los que solicitaron bises.

Con Smash no me voy a cebar. Les quiero demasiado. Parecía que incluso el sonido fuese peor que el de los demás grupos, más bajo y apagado. Lo levantó Manuel Molina, al salir con ellos, con su sabiduría gitana, y la fiesta no terminó aguada apoyada más en la nostalgia que en la calidad. Y es que Smash son un tesoro… que ya debería permanecer enterrado.

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