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Tragedias de lo ridículo

Un adicto a la pena, el protagonista de 'Pity'. Un adicto a la pena, el protagonista de 'Pity'.

Un adicto a la pena, el protagonista de 'Pity'.

Es una pena, pero las comedias negras ya no las dirigen un Ferreri o un Risi, un Berlanga o un Fernán Gómez, ni las interpretan esos “iguales” que supieron levantar el espejo delante de nosotros, los Sordi, Gassman, Isbert, el propio Fernán Gómez y compañía. A nuestro tiempo le ha tocado la risa cínica y complaciente del nuevo cine griego y rumano, y habrá que asumirlo (este año, al menos, no tiene película Ulrich Seidl).

Pity, cuyo guión escriben al alimón Makridis y Filippou (responsable éste de los de Canino y The Lobster), responde al cine deletreado y anémico que los festivales se intercambian desde hace tiempo para elevarle la moral al respetable a partir de fábulas socio-patológicas protagonizadas por peleles de cuyas calamidades uno se puede reír sin que el caramelo le amargue. Asentada en parámetros más reconocibles que en otras ocasiones, esta nueva tragicomedia con hombre ridículo a la cabeza expulsa todo roce con lo real para mostrarse como lo que es, un férreo mecanismo de repeticiones y variaciones que rellenan el lapso entre la imagen que abre y cierra el viaje dibujando la elipsis: un hombre que, sentado en la cama, llora desconsolado.

Entremedias, la historia de este adicto a la pena que evoluciona al molesto dictado de Makridis, incapaz de que un plano pueda trascender la condición de sintagma en la fórmula, subrayando con ridícula solemnidad –constantes carteles y énfasis sinfónico– cada micromovimiento de la psique del turbado protagonista. Poco importa, en el fondo, el desarrollo, y pronto se difumina la posibilidad de que el único giro en el guión pudiera abrir la película a pasajes inadvertidos. Como de marionetas se trataba y, sobre todo, de cuadrar el resultado, no merece la pena mancharse desempolvando los viejos trastos de la ética.

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