Crítica de Teatro

El sermón bajo la tragicomedia

El tobogán de emociones de la laureada obra original y el suplemento de Veronese -cuya dramaturgia cuando más brilla lo hace justo a partir de la mezcla de intesidades tragicómicas- nos dejan, sobre todo, perplejos. Las cartas, nada sutiles, están aquí muy marcadas, como en esos guiones de cine que ofrecen una pizca de todo, con el hándicap de que al teatro no le suelen sentar bien las elipsis, a no ser que recarguen de alguna manera el campo magnético del presente que interrumpen.

Invencible arranca como un vodevil demasiado caricaturesco -la risa a partir de la confusión entre Carlos Marx y los famosos hermanos se la vimos una vez ensayar a Arturo Fernández (sic)-, lo que puede que hubiera tenido su gracia con actores de mayores reflejos cómicos (imposible, al menos, con Verdú y Bosch, la pareja de hanekianos burgueses a los que se mira demasiado desde arriba). A éste le sigue su esperable antítesis dramática (imposible, de nuevo, con Verdú y Bosch, lejos de ser convincentes cuando sollozan), a la que se va adhiriendo el enredo para ejercitar la risa de un público que por entonces sabe más que los personajes. Luego, el acto final, donde se instala la amargura impostada que, en el fondo, sedeseaba imponer desde el principio, cuando la risa era más bajuna y trasera.

Estos malabares entre lo alto y lo bajo, esta ensaladilla de humor de siempre, tópicos sociológicos y de telediario, exigen un equilibrio imposible para unos actores que, en el fondo, dan la sensación de ser intercambiables, de representar estereotipos más que seres de carne y hueso abiertos a alguna virtualidad. Sobre las marionetas, el astuto Torben Betts se gusta a sí mismo señalándose como un hombre concernido y algo anticuado que suelta el sermón.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios