En torno a sus nombres nos unimos todos a una en este puñetero país de nuestras entrañas. El destino ha querido que caigan en días consecutivos los aniversarios del gol de Iniesta a Holanda en el Mundial de Sudáfrica y de la aparición del cadáver de Miguel Ángel Blanco en un paraje próximo a Lasarte. Uno le dio vida a un país sumido en la crisis y el desánimo y llenó los balcones de banderas de España. El otro dio su vida, que se la quitaron las aves carroñeras del terrorismo etarra, por un país que salió a la calle en las horas previas con las manos blancas de la rabia. Miguel Ángel Blanco tenía 29 años cuando lo mataron; Iniesta, 26 años cuando le marcó el gol a ese portero, Stekelenburg, de apellido impronunciable. El concejal tenía edad para haberle dado el pase del gol al futbolista del Barcelona.

Nunca desde entonces, desde aquel 12 de julio de 1997 y desde aquel 11 de julio de 2010 España ha vuelto a mostrar síntomas de ser un patrimonio común. La muerte del concejal y el gol del centrocampista pusieron a Ermua y a Fuentealbilla en el mapa de los inmortales. Aquella energía se agotó y los españoles hemos vuelto al lenguaje del insulto, la suspicacia y las habladurías. Desaparecieron las banderas de los balcones y las manos blancas de las calles y volvimos a tratarnos a garrotazos, como el cuadro de Goya que Fernando Savater utilizó como portada de su novela Caronte aguarda.

Días después del asesinato de Miguel Ángel Blanco, el alcalde de Ermua, el socialista Carlos Totorica, visitó Sevilla y fue a recibirlo al aeropuerto de San Pablo el alcalde en funciones de la ciudad, Alberto Jiménez-Becerril, que medio año después sería asesinado por ETA junto a su esposa al lado de un muro del Palacio Arzobispal en la calle don Remondo. Blanco e Iniesta van juntos como Daoiz y Velarde en los memoriales de julio.

Dos jóvenes que despertaron el patriotismo de un muermo de país, un joven concejal lleno de futuro, amante de la música, y un futbolista a quien el Mundial de Sudáfrica consagró como el Marcelino del siglo XXI. Esa energía parece agotarse en un país vencido por la abulia, despedazado por los egoísmos territoriales o de clase, hijos que devoran a la madre que los amamantó, esa Mater Dolorosa como tituló su ensayo el historiador José Álvarez Junco. Cuando madre no había más que una.

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