Análisis

Joaquín Aurioles

Andalucía y las ayudas europeas

Andalucía regresa al grupo de las regiones más pobres de Europa. Recibiremos más ayudas, pero sería estúpido congratularse porque es el lamentable reflejo de que retrocedemos con respecto a otras regiones y de que las cosas no se están haciendo bien. Nos indica que el abandono del grupo de las más regiones más atrasadas en 2014 fue coyuntural y por la puerta falsa. Se hizo gracias a los residuos del crecimiento y el empleo acumulado durante los años de la burbuja inmobiliaria, en los que olvidamos reforzar nuestras defensas frente a tempestades futuras. Dedicamos, en cambio, buena parte de nuestros recursos y de los transferidos a levantar un espejismo de bienestar que no tardaría en venirse abajo con los primeros vientos de crisis.

También indica que, al menos en algunas partes, las políticas de desarrollo regional han fracasado. Se estima que Andalucía ha recibido más de 100.000 millones de euros de ayudas europeas que han permitido construir infraestructuras y equipamientos públicos, pero con un impacto reducido sobre el tamaño de la economía, la productividad y el empleo y desde luego insuficiente para la convergencia con otros territorios. Lo recomendable sería, como mínimo, algún ejercicio de autocrítica para identificar en qué se está fallando y qué convendría corregir, aunque todo parece indicar que seguimos empeñados en mantener las mismas políticas que ya han fracasado y que ahora sabemos que nunca van a funcionar.

Todos erramos alguna vez, decía Cicerón, pero sólo el necio persevera en el error. Los nuevos fondos servirán para aliviar los agobios financieros de la Junta y para parchear las grietas en el deteriorado sistema andaluz de bienestar, pero es poco probable que, si se siguen empleando como hasta ahora, permitan corregir el diferencial de renta por habitante o de tasa de desempleo. Para ello se necesitan empresas e inversiones. De esas que tan esquivas resultan para Andalucía y a las que tanto seduce el entorno de productividad y estabilidad que encuentran en Madrid y País Vasco a la hora de elegir localización y, hasta hace poco, también en Cataluña.

La teoría económica dice que cuando la concentración de empresas es elevada, los rendimientos del capital disminuyen debido a que los costes aumentan, incluidos los salariales. Para las regiones atrasadas, con mano de obra abundante y barata, puede ser una oportunidad para competir con las más avanzadas en la atracción de inversiones, siempre que sean capaces de mejorar el entorno de productividad. Las ayudas europeas pueden ser útiles en este sentido, aunque obligaría a hacer las cosas de forma muy diferente a como hasta ahora. La brecha tecnológica es otra importante fuente de ventajas de productividad para las regiones avanzadas, difícil de corregir a corto y medio plazo, pero tan evidente que no puede ser ignorada por más tiempo. También la brecha fiscal, especialmente en lo referente a la fiscalidad de las empresas, opera a favor de las regiones más ricas y en contra de Andalucía. La corrección de este desatino no exige tanto tiempo, pero sí una voluntad política hasta ahora ausente entre los representantes andaluces en Cortes.

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