En esta cuaresma, si no interiormente en nuestra vivencia religiosa si en todas las incertidumbres que la están confundiendo, abocadas a una realidad de frontera. Enfrentados ante la debilidad del género humano en un mundo global donde una situación radicalmente alejada de nosotros, puede perjudicar nuestra estabilidad y seguridad. En la reflexión que debemos hacer -como experiencia personal y comunitaria- ante esta pandemia y emergencia sanitaria que nos asola, claramente nos sitúa más allá del sentimiento cofrade e incluso de la tradición, tesoro inmaterial heredado. Son síntomas evidentes de un cambio de paradigma. Lo local no nos aísla de una problemática y una responsabilidad global con la creación. El cuidado de la casa común como nos interpela el papa Francisco en su encíclica Laudato Si.

Nuestras hermandades son hijas de su tiempo y, por lo tanto, como están evidenciando estos días responsablemente, no son ajenas al ambiente social y a los lugares de sufrimiento y esperanza por los cuales transitan dejando su huella de humanidad y de compasión ("padecer con"). Hace más de cincuenta años, cuando el mundo se asomaba al abismo de una crisis nuclear, el santo Juan XXIII hizo una propuesta de paz mundial "a todos los hombres de buena voluntad" en su mensaje Pacem in terris. La pérdida de dignidad de la persona, la creación de estructuras que erradiquen los graves problemas sociales. Si el crecimiento económico no favorece un auténtico progreso moral y social, va en contra de la persona. Ningún signo de los tiempos está aislado de otros en esta hora compleja en que vivimos.

En estos días, algo extraños, siguen creciendo tímidamente las parihuelas en nuestros templos. Como brotes inciertos. Es hora de volver a nuestro testimonio interior y como hermandad, serenamente, servir a la sociedad de la que nacieron.

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