Análisis

Luis Felipe Benítez

Carta a José Antonio Chacón

Desde que te conocí, y de eso hace muchos años, te he visto siempre igual. Parecía que no pasaban los años por ti. Tu pelo gris plateado bien peinado y perfectamente cortado, tu piel estirada y sin arrugas, tu traje minuciosamente planchado y arreglado… Eras un señor… un señor de los de antes. Y todo acompasado con tu porte varonil y seductor que te imprimía esa estampa tuya, erguida y enarbolada, acompañada con una amabilidad exquisita en el trato, que producía en todo momento una inmensa alegría al encontrarte. Por todo ello, en un sector de la Hermandad se te conocía y se te trataba, como tu bien sabías, como Monseñor, para significar la altura y la grandeza de tu persona.

José Antonio Chacón: eras, y seguirás siendo, amigo de todo el mundo. No he conocido a nadie que hablara mal de ti. Y mucho menos te he escuchado a ti hacerlo de alguien… salvo de aquellos que van contra la Religión y contra España. Tu deliciosa conversación fluía de forma espontánea, con miles y miles de vivencias personales asentadas continuamente con datos y hechos que recordabas con pelos y señales de forma prodigiosa. Daba gusto escuchar tus disertaciones con tu voz radiofónica amoldada a tus subidas y bajadas de tono, que hacían de tu discurso una melodía entrañable y cordial.

Eras de los no muchos hermanos de corporaciones religiosas que son perennes en su asistencia a los actos de las mismas. Hacía un tiempo, por motivos de tus achaques propios de tu avanzada edad, se te veía menos, y se te echaba mucho en falta, pero eras de los que no fallaba un viernes al Miserere, ni a los tres días del Triduo de la Virgen, y por supuesto a los cinco del Quinario y a la Función Principal. Nunca has pedido nada a la Hermandad. Todas las Juntas de Gobierno que has conocido han sido “tus Juntas de Gobierno”. Para nada se te ha oído criticar a ninguna de ellas; todo lo contrario, tus comentarios han sido siempre de benevolencia, agradecimiento y exaltación; y si había algo que no te gustaba, no lo hemos sabido porque tu grandeza de espíritu hacía quedártelo para ti y no lo manifestabas al exterior.

José Antonio Chacón. José Antonio Chacón.

José Antonio Chacón. / M. G.

He tenido el honor de realizar la estación de penitencia junto a ti, delante de nuestra Santísima Virgen. Y tengo que decir que era para mí un verdadero ejemplo de devoción, penitencia y amor a Nuestra Madre del Mayor Dolor y Traspaso. Pero sobretodo me sentí totalmente edificado una tarde de Cuaresma, el mismo día de la Función Solemne con la que culmina el Triduo de la Virgen. Tuve la dicha de compartir contigo la mesa en el almuerzo de Hermandad que se celebra ese día. Durante la amena conversación me confesaste una de tus tradiciones anuales: rezar el santo rosario en la tarde del último día en que está expuesta la Santísima Virgen de Besamanos –es decir, aquel día-, antes de que se cierre la Basílica para cambiarle a la Virgen los enseres de Reina y vestirla de hebrea y volverla a su Camarín. Y te dije que aquella tarde te iba acompañar a tan bonita tradición. Y así fue. Quedamos en la Basílica a las ocho de la tarde y en un banco de la izquierda, donde tú tenías la costumbre de sentarte siempre, empezamos a rezar el rosario. He rezado muchos rosarios en mi vida, miles y miles, pero debo de reconocer que aquél fue muy especial. La devoción con la que orabas a tu Madre era inusual. Cada avemaría la recitabas con la convicción de que estabas hablando personalmente con tu Madre celestial. Aquella letanía tan pausada y tan bien vocalizada eran verdaderos piropos que encendían el cariño maternal en mi corazón. Quizás a ti ya se te ha olvidado, aunque lo dudo, con la buena memoria que tienes, pero para mí fueron veinte minutos llenos de amor y de devoción que los recordaré mientras viva.

Finalmente no quiero dejar de referirme a aquellas sevillanas que te marcaste con mi mujer en la celebración de la boda de nuestros amigos comunes Pepe y Ana. ¡Qué forma más gallarda y más señorial de llevar a la mujer! Sevillanía auténtica que nos hizo rememorar postales de los años veinte del siglo pasado. Arte, salero y duende de un perfecto caballero de nuestros tiempos que, con tu buen hacer, has sido estandarte y enseña de saber estar, tanto en lo humano como en lo divino.

Sirvan estas letras como agradecimiento y reconocimiento por tu ejemplo, amabilidad y sobre todo amistad.

Hoy, san Pedro, en el día en que la Iglesia celebra su fiesta, habrá abierto de par en par las puertas del cielo, para que entraras con todos los honores y te encontraras cara a cara con el Señor del Gran Poder y su Madre Santísima del Mayor Dolor y Traspaso. Disfruta eternamente de Ellos e intercede por todos los que, aquí en la Tierra, te hemos querido, que te seguiremos queriendo, y que nunca te olvidaremos.

Un abrazo fuerte, amigo… hermano.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios