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Se podría decir que el papa Francisco ha ofrecido un regalo a María Asunción Milá de Salinas, que a sus 99 años lleva una larga vida de lucha contra la pena de muerte. María Asunción nació en Barcelona (su padre fue alcalde y presidente de la Diputación), pero se casó con Manuel Salinas Benjumea y se convirtió en una señora del barrio de Santa Cruz. Desde su casa familiar de la calle Mateos Gago, junto a su marido, emprendió una lucha activa (y a veces incomprendida) contra la pena de muerte. Todavía en tiempos de Franco. Siempre desde unas creencias católicas coherentes y consecuentes. Se afilió a Amnistía Internacional. Esa convivencia con unos y con otros a veces la perjudicó, porque algunos la vieron como si estuviera un poco chalada. Pero la inmensa mayoría de quienes la conocen la admiran desde hace muchos años. Porque, con unos y con otros, siempre ha defendido lo mismo: la vida.

A María Asunción Milá le hacía falta un Papa como Francisco. A otros les escribió cartas, pero no le llegaron las respuestas a su casa de Santa Cruz. Por el contrario, Francisco sí la tomó en consideración. Le llamó la atención esa señora casi centenaria, que le escribía desde Sevilla, para insistirle en su lucha contra la pena de muerte. Pues si Dios nos da la vida, el hombre no puede responder dando la muerte. El Papa, cuando por fin ha sido eliminada la pena de muerte del Catecismo, le dijo a su secretaria que llamara a María Asunción Milá y se lo dijera. Así se enteró la gran dama del barrio de Santa Cruz, que ha dedicado una vida a luchar contra la muerte.

Hace dos años, en la Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla, hubo un homenaje a María Asunción Milá, organizado por el Colegio de Abogados, el Instituto de Criminología y la Facultad. El arzobispo, Juan José Asenjo, la calificó como "excelente cristiana" y auguró que su esfuerzo por eliminar la pena de muerte del Catecismo tendría frutos. Ya hubo un primer paso, con el expreso rechazo en el Catecismo para Jóvenes. Pero ahora se ha incluido en el Catecismo, en todos los casos. En todos/todos. Antes no es que se recomendara cortarle el cuello al enemigo, pero habían perdurado ciertas salvedades. Excepciones que chirriaban, como había denunciado María Asunción.

Así que el Catecismo católico romano tiene una huella sevillana. Es el triunfo de la vida, ni más ni menos, que ha vuelto a derrotar a la muerte desde Santa Cruz.

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