Llevo tres días solo como la una en la redacción. Miento. Vienen las limpiadoras (Eva y Carmen), que están sacando brillo a lo relimpio y dejando todo como una patena; también está siempre al pie del cañón alguno de los gentiles secretarios de la entrada (Carmen, Victoria, Pablo, Elena...); ah, cómo olvidarme de los informáticos, eternamente vilipendiados por los periodistas, pero no fallan en la calle Rioja (Juanmi, Pedro, Navas...). Total, soy el último redactor. ¡El último en algo!

No es una orden del director ni un acto de valentía ("los hombres valientes y el buen vino se acaban pronto", repetía mi abuelo). Estoy desjaulado, fuera de casa, por voluntad propia. Resulta que la ley me ampara (trabajador esencial o como sea el sintagma), que en mi silla y con mi ordenador profesional funciono mucho mejor, que no está mal darse un garbeo a pata por las vacías y mudas calles y que, por supuesto y vaya por delante, no hay peligro.

Estoy en una planta de 200 metros cuadrados conmigo mismo, escuchando los sonidos de las computadoras de los compañeros, habilitadas para el teletrabajo, y, lo admito, curioseando en las pantallas de Pepe y Pablo, que suelen estar a mi espalda y a los que puteo escribiendo whatsapps haciéndome pasar por uno de ellos.

Este confinamiento silencioso en esta sala tan gigante y tan bulliciosa (no como antes) habitualmente tiene su gracia, a ver lo que dura (la gracia). El martes casi me dio un patatús por culpa de un sigiloso informático que subió a reiniciar algún aparato (broma, es por darles donde más les duele) y apareció por mi espalda como un espíritu. Ayer por la tarde, otro sí me saludó desde lejos y casi nos fundimos en un abrazo (¡Danger! Está prohibidísimo palparse).

Entre página y página, decenas de llamadas. Se me está poniendo la cara de Moneypenny, lo siento por James Bond: "Arranca mi ordenador", "¿qué va en la 24-25?", "¿quién trabaja el fin de semana?"... ¡Qué barbaridad de teléfono! Parezco mi madre de cháchara con mi tía Mariló.

En fin, me pongo a currar ya, que me van a llamar la atención. Uy, no, que estoy solo. To be continued...

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