Análisis

pilar larrondo

Envidia para el progreso

Siempre he sido amante del transporte público. Sobre todo de los autobuses, donde el anonimato y las escasas probabilidades de volver a coincidir con los compañeros de trayecto dan lugar a conversaciones apasionantes entre los pasajeros. Pegar la oreja es mi afición favorita (como la de media humanidad). Ahora, en pleno bullicio navideño, los autobuses suelen ir llenos hasta la bandera. Algo que da lugar a que esas maravillosas conversaciones proliferen en gran cantidad. El tema estrella, después de los menús de Nochebuena, es la lotería. Los viajeros se preguntan unos a otros qué harán si les toca el Gordo y juegan a fantasear de parada en parada. Es entonces cuando descubres que la envidia es el verdadero motor del mundo.

Debían pasar de largo los 60 y probablemente acababan de comprarse algún trapito para deslumbrar en estas fechas señaladas. No se conocían -aparentemente- de nada más que de compartir línea de autobús los días pares, pero eran dos mujeres amantes de la conversación fluida. Hablaban de décimos, de números de la suerte y de las pocas probabilidades de dar con el boleto ganador. Hasta que una de las dos se puso seria. "Este año no iba a comprar lotería pero en el bar de abajo de casa han comprado y para que le toque a Carmen y a mí no...", sentenció la buena señora. Ella, que no tenía en mente comprar ninguna participación, vio alterada su pasividad lotera ante la posibilidad de que una conocida se hiciese rica y ella no. Que la tal Carmen brinde con champán la mañana del 22 de diciembre y ella sólo pueda contemplarla verde de envidia desde su balcón fue determinante en su decisión

No parece que este sea un hecho aislado. No sólo en lo que respecta a comprar lotería nos guiamos por envidia al prójimo (todos compramos algún décimo de más porque alguien lleva ese número, ya sea en el bar del desayuno, en el trabajo o en la peluquería). Compramos, leemos, estudiamos, nos vestimos, vamos a cursos y hacemos el pino puente por no ser menos que nuestro semejante, por no sentirnos inferiores al que pasea exitoso a nuestro lado. La envidia, el deporte nacional y el más dañino de los pecados capitales, nos invita a superarnos y a crecer como personas. Vaya a ser que la felicidad del prójimo haga sombra a nuestra propia dicha.

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