Análisis

Setefilla R. Madrigal

Fundido a negro

No existe una profesión más maltratada. La que salvaguarda la libertad de los ciudadanos a conocer con claridad lo que sucede en el mundo cada día es la más desprotegida de todas las especialidades. A falta de un Colegio de Periodistas que defienda los intereses de sus graduados, por aquello de que todo el mundo puede informar y comunicar en un sistema democrático, los cambios en periodismo están sujetos a los antojos del que manda, sin un ente firme que luche plantando cara a las desigualdades del tablero. Cuando un medio de comunicación se calla, todos perdemos. Una muerte que enlutece nuestra libertad como ciudadanos dejándonos huérfanos de conocimiento y poder. Cuando lo hace un medio local, el hecho se multiplica y las consecuencias son más perjudiciales. No hay quien conozca mejor los intereses del que está al otro lado, de los lectores, oyentes o telespectadores, que permanecen fieles a lo auténtico, que los que se especializan en mejorar y contar lo cercano. Periodistas a los que se les van los esfuerzos y la vida (de manera literal) en hacer de la ciudad algo mejor, lejos de la política, los favores o los lazos de poder. Este periodismo que es una inefable herramienta para combatir lo incoherente, lo ineficaz, la desfachatez o el despropósito político, que es como un cristal aumentado que nos enseña lo que tenemos delante y no somos capaces de ver. Este periodismo que es libre también para endulzar las cualidades de una ciudad relampagueante, que crece a paso adolescente y aprende de sus errores. Nadie puede explicarte mejor los hechos que el que comparte contigo sus amores y desdichas, como el que te confiesa un secreto al oído, con ese hilo intimista que solo se logra con la agenda local. Ellos son lo que te cuentan esa Sevilla que engrandece en abril, de manto bordado, flecos y azahares, que un día se despierta entre cornetas y al otro, se acuesta con compases palmeados y coros de salves. O esa otra ciudad que sin darse cuenta descuida sus orillas para mirar hacia dentro, ignorando uno de los puertos fluviales más importantes de España. Los que describen esas mañanas con acento marcado y hablan de lo suyo con conocimiento de causa, los que preguntan de forma directa, sin intermediarios, y aluden a tu conciencia adormecida. Los que saben por dónde sangra y con qué se encoge y que estos días se han quedado en silencio por una gestión descuidada. Una licencia sin renovar que acaba con la emisión de una de las pocas cadenas locales que sobreviven al desfalco o la desgana de los ayuntamientos, que renace cada abril como las propias flores, que entra en los hogares sin permiso y se queda. Un fundido a negro que ojalá dure poco y podamos celebrar el triunfo, el de la información, el de los hechos y la verdad sobre el desdeñable silencio periodístico.

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