Análisis

Setefilla R. Madrigal

La Gioconda está triste

¿Y tú quién eres?, le gritarían hoy las generaciones que no lo han visto despachar a gusto con voz ronca, melena cana y gafas de pasta cuando acudía a las tertulias televisivas de los ochenta y los noventa. Esas mismas generaciones que ya no saben lo que es una cabina telefónica, aquellos resquicios comunicativos que hoy se ven en algunas fotos o en ciertas ciudades a modo de vestigios, o llamativas atracciones. Cabinas en las que nosotros sí que intercambiamos alguna que otra conversación furtiva, hasta que el mecanismo nos pedía, de repente, insertar otra moneda. Tampoco conocerán aquellos minutos en los que ese habitáculo de cristal se convirtió en el lugar más angustioso para un José Luis López Vázquez, protagonista de una historia que se ganó el reconocimiento de la crítica internacional. Sin subir de planta, y algo más cercano, les quedará aquel mundo amarillo de pelones en el que Albert Espinosa se confesó ante unos cuantos en una especie de diario literario para dar una lección de vida. Pulseras Rojas para la televisión y Temporada Amarilla para el teatro, que justo la semana pasada recaló en Sevilla traída de la mano del actor uruguayo Coco Rivero.

"Quise enseñar lo que era la muerte y a veces me han acusado de asesino". Bien le sirvió esta dosis de realidad seriada a Antonio Mercero para ganarse la animadversión de unos cuantos, al terminar con la existencia del queridísimo Chanquete. Pero también para ganarse el respeto o la sonrisa de los que tuvieron la suerte de cruzarse con él. La misma que perdió la Mona Lisa, viendo el camino que tomaba el mundo. "Me gusta la gente que no me dice nada, que se cruza conmigo y sólo se ríe", había dicho en una entrevista para Televisión Española.

Emmy Internacional y Goya de Honor, premios más que merecidos para el director que trabajó sin miedo el lenguaje seriado y el largometraje, para el que vio en la combinación de comedia, drama y costumbrismo, entrelazados entre sí, la clave perfecta para conectar con la audiencia y ganarse un hueco en la memoria colectiva. Porque al fin y al cabo eso quería, que sus historias fueran reales y atemporales. Y se puede decir que lo consiguió, despojando de su obra el paternalismo, acudiendo a la crítica mordaz y la ironía, poniendo el peso de la historia en dos pajaritos protegidos por dos ancianos, hablando de contaminación o de machismo, pero hilando tan fino que conseguía que nada quedara estridente. Con maestría y sin destapar, con humor y con autocrítica.

Don Antonio, gracias por tanto, espérenos en el cielo, porque se ve que ha llegado la hora, la hora de los valientes.

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