Análisis

pilar larrondo

Invoco a la eternidad

No ha clareado el día y para muchos hace un rato que sonó el despertador. No les espera la oficina porque hace tiempo que esa rutina se acabó, pero ahora tienen una nueva. Jubilados de oficio, aunque no de la vida, nuestros mayores se levantan cada mañana para encarar una situación que no les es nueva. Preparar la comida, adecentar la casa y hacer la lista de la compra. Todo antes de que las pequeñas fierecillas se adueñen de sus hogares. Terminadas la tareas del hogar, los abuelos salen de casa y van en busca de sus nietos. Uno, dos y a veces hasta cinco, los vástagos de sus retoños no tienen mejor lugar en el que pasar las vacaciones. La casa de los abuelos se convierte en un eterno campamento de verano en el que los niños pasan su tiempo libre mientras los padres ganan el pan con el sudor de su frente en eternas jornadas laborales incompatibles con la conciliación familiar.

La abuela y el abuelo, en una especie de segunda paternidad, se encargan de alimentar a los pequeños -siempre adaptándose a los gustos de sus graciosas majestades-, hacen las tareas que los maestros les recomiendan para las mañanas estivales y los sacan de paseo para que tomen el fresco. Ya lo hicieron con sus hijos y se saben la mecánica de memoria. Aunque esta vez es diferente. Ahora se tiene más amor y menos paciencia; ahora pesan los años sobran los días. Pero no pierden la sonrisa. Los llevan al parque, les hacen macarrones y les compran pequeños antojitos. Luego les toca aguantar la regañina de unos ofuscados padres que se enfadan porque les malcrían a los niños. Poco les importa. Están cansados de batallar y sólo quieren que la rutina les sea liviana y que sus pequeñas fierecillas sean felices. Ellos, los retoños de sus vástagos, aún no lo saben. Se limitan a entretenerse con los abuelos porque papá y mamá no están. Juegan a sacarlos de quicio y les hacen pequeñas perrerías. Forma parte de la relación abuelo-nieto. Pero llegará el día en el que se hagan mayores, tanto que no necesiten la compañía de un adulto para sobrevivir, y dueños de sus propias vidas echen en falta ser la rutina de alguien que sin tener obligación los colocaba en el centro de su universo durante todo el verano. Entonces comprenderán que los abuelos tendrían que ser eternos.

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