Los Juegos de un nuevo amanecer

La cita olímpica siempre fue un reflejo de la historia de la humanidad contada cada 4 años

Raramente la humanidad ha logrado mirar hacia el mismo lado al unísono si no fue en unos Juegos Olímpicos. El evento que ideó el barón de Coubertin se erigió desde 1894 en el folletín cuatrienal de la historia del hombre.

Cada uno de los Juegos celebrados o no celebrados puede identificarse con el momento histórico que lo acompañó. Los de 1932 en Los Ángeles fueron marcados por la Gran Depresión económica, los del 36 en Berlín, los del intento de Hitler de presentar y querer imponer al mundo el régimen nazi y la respuesta de la sabia naturaleza con la irrupción de Jesse Owens, un descarado y veloz negrito de Alabama. Los de Londres en 1948, tras el paréntesis de la Segunda Guerra Mundial, fueron marcados por los efectos de tan magno conflicto bélico, ya que el COI no permitió que Alemania y Japón acudieran por su papel jugado como fuerzas del Eje.

Luego llegaron más consecuencias de la historia, siempre reflejadas en la cita olímpica. En 1972, la masacre de Múnich, el asesinato de once miembros del equipo israelí en un atentado; luego llegó la Guerra Fría y los Juegos de los boicots. En Moscú 80 el de Estados Unidos y otros 65 países y en Los Ángeles 84 la devolución de la jugada de toda la alianza comunista.

Afortunadamente, en Barcelona 92 la salud general de la humanidad y la economía mundial fueron un motor que impulsó el evento en sí, que en Tokio debe servir, tras las muchas vidas perdidas en todo el planeta, para mirar hacia delante y ver las cosas de otra manera. Tras haber asistido al espectáculo desgarrador de ver a la naturaleza adueñándose de la vida en nuestras ciudades desiertas, después de todo lo pasado, la celebración de unos Juegos debe ser una alegría, no la percha para airear constantemente los fallos de los organizadores. No deben ser recordados como los Juegos del Covid, sino, en el país del Sol Naciente, los de un nuevo amanecer.

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