Santo, 1 de abril. Hace un año que asistíamos a la incertidumbre de pasar más de treinta días encerrados en casa, sin saber cuándo acabaría. De hecho, empiezo a pensar que no termina realmente ese abril que nos robaron. Si soy sincera, me ha costado más de lo que pensaba acudir a alguna iglesia o asistir a cualquier tipo de veneración. Creo que, como muchos, no consigo encontrarme en esta Semana Santa a medio gas que vivimos. Lo aceptemos o no, la ciudad no entiende una Semana Santa sin sus pasos en la calle y sin la forma de reconocernos y relacionarnos que tenemos los sevillanos en estas jornadas. Esa forma tan nuestra, tan personal, que fuera de nuestras fronteras es casi indescriptible y llega a ser tachada, a veces con razón, de intensa y rancia.

Aunque se ha perdido el silencio en las calles y las cifras parecen que ya no pueden causar mayor desazón, hay un rumor que continúa murmurando que este mes se nos queda huérfano. ¿Podría empezar el año nuevo en mayo? Por más que miro al dintel de los templos, no soy capaz de enfrentarme a ninguno de ellos sin que me invada una lánguida pesadumbre, una terrible y romántica nostalgia. Como si arrastrara una capa nazarena de vuelta a casa en la madrugada de algún día señalado. Como si muriese el pabilo y no hubiese ya llama con la que consumir la cera. Como el cirio que espera volver a recorrer las calles de una urbe que lleva dos años sin anunciar la primavera. Saco la mantilla y la peina porque, después de todo, la señal de luto y respeto sigue viva en este día. "Anunciamos tu muerte". Hace muchos años que no la luzco y, por primera vez, no está mi abuelo para acompañarme, ni habrá nadie en el balcón de Calvillo. Pienso en Francisco I, en su "juéguela para alante, sean siempre felices". No es el día más fácil pero, por suerte, estamos en Sevilla.

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