Análisis

Roberto Pareja

Luto y bronca

Los diez días de duelo arrancan con los líderes políticos lavándose las manos y partiéndose la cara

La portavoz del PP en el Congreso, Cayetana Álvarez de Toledo, protegida con mascarilla a su llegada al pleno de sesión de control al Gobierno este miércoles.centrado en l La portavoz del PP en el Congreso, Cayetana Álvarez de Toledo, protegida con mascarilla a su llegada al pleno de sesión de control al Gobierno este miércoles.centrado en l

La portavoz del PP en el Congreso, Cayetana Álvarez de Toledo, protegida con mascarilla a su llegada al pleno de sesión de control al Gobierno este miércoles.centrado en l / Roberto Pareja

España guarda diez días de luto desde este miércoles. En memoria y respeto, sobre todo respeto (aunque algunos parecen ignorarlo), a los 28.000 fallecidos a causa de una pandemia que sigue en curso y que, a pesar de su gravedad, es incapaz de poner coto al virus del politiqueo de baja estofa, mucho más arraigado que la gran coyuntura. 

Esta pesadilla algún día llegará a su fin vacuna mediante y mientras llega el momentazo pasan los días, las horas, los minutos y hasta los segundos como verdaderas eternidades. Sólo han transcurrido tres semanas desde que el presidente del país más poderoso del mundo y, por ende, el hombre con más medios para mejorarlo o destruirlo (el planeta, no sólo los EEUU) predecía no más de 100.000 muertos cuando acabe este infierno, pero la cifra ya se le ha quedado pequeña y se colmata mayormente entre negros e hispanos, con menos recursos que la media del resto de la población de una potencia cuyo máximo dirigente se niega a usar mascarilla contra lo que considera un arma bacteriológica elaborada a conciencia por su gran enemigo, China.

Por estos lares cabalgamos y, sobre todo, ladramos en una desescalada asimétrica del confinamiento ahíta de agraviados danzando entre los palos de ciego de un Gobierno que siempre ha dado la sensación de estar sobrepasado por el acontecimiento y los palos y tentetieso de una oposición que siempre ha dado la sensación de sobreactuar.

Como si la imprevisión y los múltiples errores que se han cometido, se cometen y se cometerán desde La Moncloa fueran impensables de haber estado el mando único en otras manos, cuando lo cierto es que pocos o ningún Gobierno del planeta puede sacar pecho de su gestión ante un fenómeno que ha pillado a todos a contrapié. Tanto a los fenómenos como Donadl Trump o Boris Johnnson (que hasta lo relativizaban en los albores de la pandemia), como a los torpes. Como por ejemplo Pedro Sánchez, cuya gestión ha situado a España como quinto país del mundo en cuanto a víctimas mortales de la pandemia, sólo por detrás de EEUU, Francia, Italia y Reino Unido. Se mire como se mire, no podrá estar muy orgulloso.

El veredicto está claro, culpable, pero tiempo habrá de analizar, con esa calma que tanto se echa ahora en falta, en qué grado... y los atenuantes. El diablo está en los matices, que también son muy tercos.

Lo que no es de recibo es que nuestros representantes soberanos deleiten a los que no creen en ellos, ni en sus presuntas valía y honestidad, a los que se niegan a pensar que actúan en aras del bien común y sostienen y siempre sostendrán que los políticos  sólo miran desde su escaño por las siglas de los partidos que defienden en lugar de hacerlo por el bien común.

Este miércoles se conjugaba una foto que no dice nada bueno de ellos: el luto en las calles con la bronca en el Congreso de los Diputados. Estábamos a vueltas con la pertinencia de mantener el estado de alarma, los pactos con Bildu y tal y tal y ahora ha entrado como un elefante en una cacharrería el inoportuno cese  de un jefazo de la Guardia Civil para agitar un poco más el avispero de la derecha.

Un vicepresidente del Gobierno acusa al PP de alentar la insubordinación de los agentes del instituto armado, una hiperventilada portavoz de la oposición acusa de terrorista a su padre, un ministro saca la manguera tras su intempestiva decisión (cronistas de la Villa y Corte cuentan que en Moncloa admiten que el cese del coronel Diego Pérez de los Cobos no se ha hecho en el mejor momento; monumento a lo obvio: Grande Marlaska no podía haber reformado la cúpula de su equipo de confianza, como él cándidamente sostiene, en hora peor) subiendo el sueldo a policías y guardias civiles, y las respectivas bancadas gesticulan y gesticulan, gritan y gritan, y hasta patalean y patalean con la que está cayendo. 

Luto y bronca en el Congreso. Sonrojo en las calles. La vida sigue igual. Con casi 28.000 menos. Los sanitarios se parten el alma mientras los líderes políticos se parten la cara...   

España está en estado de alarma, en shock, y la mitad de las preguntas de la sesión de control al Gobierno se han centrado este miércoles en un cese tangencial a la pandemia, que debería ser el monotema, aunque los protagonistas han sido "Don Fernando", "la señora marquesa" y "el hijo del terrorista".

"Don Fernando" es como el portavoz adjunto de Ciudadanos, Edmundo Bal, ha llamado al ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska; "la señora marquesa" es cómo el vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias, ha llamado a la portavoz del PP, Cayetana Álvarez de Toledo, recordando burlón su noble estirpe; en respuesta, "hijo de terrorista" es el nombre que noblemente le ha dado ésta a Iglesias.

La pandemia debería ser estos aciagos días el monotema nuclear en un hemiciclo donde hay varios infectados, a pesar de que los políticos (todos) siempre se están lavando las manos.

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