Análisis

Rosalía gómez antonio zoido

Directora de la XVII Bienal de Flamenco Director de la XX y la XXI Bienal de Flamenco

Manuel Herrera, el imprescindibleUn andaluz tan claro

Discretamente, como él lo hacía todo, se ha marchado Manuel Herrera dejando a la familia, a su gran familia flamenca, llena de tristeza, de rabia, de desolación.

No por él, que ha logrado vivir una vida plena. Que, entre otras mil cosas, dirigió con sabiduría tres bienales (además de ser uno de sus fundadores) y fue el pregonero de la última; que pudo concluir su gran trabajo al frente de los Jueves Flamencos de Cajasol; que tuvo una hermosa familia y hasta tiempo para despedirse de los amigos en las redes sociales. No, la tristeza la sentimos todos sus huérfanos. La siento yo, en el alma, porque era un amigo imprescindible, de esos que, aunque no los trates a diario, los necesitas para seguir adelante cada día, para no cejar en el intento de hacer un poco más amable esta jungla en la que se está convirtiendo el mundo globalizado en que vivimos.

Por encima de todo, Manuel era un ser bueno, en el sentido machadiano del término, y sobre todo luminoso. Su sonrisa empequeñecía sus ojos, pero lograba amansar a las fieras. Cuando él estaba en una reunión, era difícil que surgieran broncas. Todos sabíamos que era sabio y que su generosidad era infinita. Nunca hizo oídos sordos ni a una sola de mis llamadas.

En mi paso por la Bienal de Flamenco, en medio de una crisis económica descomunal, siempre pude contar con sus consejos y, sobre todo, con su inspiración. En primer lugar, porque, cosa rara, su amor por el flamenco estaba por encima de todos los logos y las estrategias políticas. Y luego, porque tenía muy claro algo que a los políticos les cuesta muchísimo entender: que la cultura tiene que ir de la mano de la educación. A todos los niveles. Por eso se empeñó incansablemente, durante toda su vida, en llevar el flamenco a las escuelas y acabar con décadas de ignorancia y oscurantismo.

Otra de sus claras visiones fue que la Bienal, como el flamenco, con vocación universal desde su nacimiento, tenía que ser sentida como propia por todos los sevillanos. Y ahí han quedado, precursores de los programas callejeros que vendrían después, esos ciclos de La Bienal va por barrios que tantas noches de verano nos hicieron disfrutar en 2000 y 2002 por muchos y a veces desconocidos rincones de la ciudad.

Por todas esas cosas eras imprescindible, Manuel. Ha sido un honor para mí contar con tu amistad y te voy a echar muchísimo de menos.

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